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-“Quiero ser una flecha recta” Autora: Margarita Jank ha sido misionera entre los yanomamö de Venezuela desde 1962. Ahora se dedica a la traducción de las Escrituras. Aquí entre los yanomamö, uno de los beneficios que viene con los años es el de poder pasar unos momentos sentimentales con viejos amigos de vez en cuando. Como pasó hace poco, cuando Eladio llegó de visita. Aunque tal vez se ofendería él, escuchando que yo me refiera a él como amigo. Pues, le gusta decirme mamá; y en varias oportunidades, le he escuchado decir a otros que me dice mamá porque se crió en mi casa. Puede que eso que él dice sea una exageración, pero es cierto que pasó muchísimo tiempo con nuestra familia cuando era niño. Había perdido su verdadera mamá justo antes de nuestra llegada a la selva amazónica en 1968, y como era más o menos de la misma edad que nuestros hijos, se apegó a nosotros rápidamente, y se formó una relación que ha seguido hasta el día de hoy. Ahora, “mi hijo Eladio” tendrá unos cuarenta y pico de años; y nos gusta hablar de esos tiempos pasados. Últimamente, le gusta hablarme de cómo Dios le ha llamado otra vez a andar en Sus caminos, después de muchos años de indiferencia. Lo vi hace poco, antes de salir de Parima. "Quiero ser una flecha recta en las manos del Señor," me dijo. "Quiero que Él me enderezca, y que me encamine a dondequiera que Él desee, para llevar Su mensaje a otros." No quise limitarle esa visión, pero sí quería que él viera las responsabilidades en su alrededor. Con una esposa de poco entendimiento espiritual, y con nueve hijos que carecen de enseñanza bíblica, pensé que no le sería mal pasar un poco de tiempo estudiando la Palabra, creciendo en los caminos del Señor, y enseñando a su propia familia. Así que se lo dije, y estuvo muy de acuerdo. "¿Sabes?" me dijo, "fue por mi hija pequeña que comencé a buscar al Señor. Ella estaba gravemente enferma, muriéndose. Mi esposa y yo estábamos sentados a su lado, vigilando y llorando. Cada rato, yo le agarraba la mano, y trataba de sentirle el pulso, como hacen los médicos. Pero cada vez era más débil. Le dije a mi esposa que pensaba que ya la sangre no le circulaba más, y al escuchar eso, perdió toda la esperanza, y soltó un llanto de desesperación. Entonces, le dije que no se desesperara; que mientras ella la lavaba con un poco de agua tibia, que yo iba a orar por ella -- que tal vez el Señor nos tendría misericordia. Y así fue. Mientras que mi esposa la lavaba y yo oraba, pasó la crisis y comenzó a recuperarse." Todo su rostro expresaba el gozo de ese momento. Con una gran sonrisa me contaba los detalles de su recuperación, y el amor muy especial que ha tenido, desde ese día, para con esa niña. "Comenzó a hablar un poco después," dijo, "Y siempre le ha gustado hablar del Señor." Quedó callado, pensativo, por un momento, pensando en su hijita tan querida. "Y le gusta orar. Cada noche pide que oremos con ella, antes de que se duerma. A veces se despierta de noche, y viene a mi hamaca diciéndome, ‘Ora conmigo, papá. Oremos de nuevo.' Y entonces se acuesta a mi lado, orando, y se duerme allí conmigo." Eladio está leyendo su Biblia en estos días. Aprendió a leerla de niño, pero después, la dejó a un lado durante mucho tiempo. Ahora está recuperando lo perdido, y quiere enseñar a sus hijos a leer también, especialmente a esa hija tan querida. "Creo que ella aprendería rápido," me dice, "Tiene mucho interés..." Esa niña ocupa un lugar muy especial en el corazón de su padre. Y su padre ocupa un lugar muy especial en el mío. Y todos ocupamos un lugar muy especial en el corazón del Señor. Oren por el gran número de yanomamö que se encuentran en la misma situación, que La Luz del Mundo brille en sus vidas.
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