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Capítulo 6
Edificando cronológicamente en la evangelización
Así como creció mi entendimiento de los principios bíblicos para la enseñanza de las Escrituras, creció también mi deseo de ponerlos en práctica en la evangelización de una zona de Palawan no tocada con el Evangelio. En 1962, el Señor usó la ambición de Pablo, “Y de esta manera me esforcé a predicar el Evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno” (Romanos 15:20), para desafiarme a abandonar la evangelización de tiempo completo en Australia para ir a la gente de tribus no alcanzadas en las Filipinas. Una vez más, el Señor usó este versículo para desafiarme a ir a una zona de Palawan que estaba sin testimonio del Evangelio. El temor más grande que confrontaba al prepararme para empezar esta nueva obra en el lejano sur, era que dos o tres años más adelante, después de haber empleado estos métodos en la enseñanza, descubriera que habían producido la misma mala comprensión del Evangelio, sincretismo, legalismo, e inadecuados fundamentos antiguo-testamentarios para la comprensión del Nuevo Testamento con los cuales yo había luchado a brazo partido durante tantos años entre las iglesias palawanas. Me preguntaba: “¿Qué debo incluir en mi programa de enseñanza evangelística para evitar este entendimiento errado?”.
Para mí era claro ahora que, al evangelizar, se debía seguir las pautas de enseñanza demostradas en las Escrituras. Estos principios de enseñanza han sido explicados en los capítulos anteriores. Con el fin de considerar la razón bíblica y lógica del programa de enseñanza que voy a presentar, a continuación un breve resumen.
- Es necesario que las Escrituras enseñadas en la evangelización revelen a nuestros oyentes la naturaleza y el carácter de Dios con el propósito de prepararles para el Evangelio. Al evangelizar, primero se debe enseñar la santidad y la justicia de Dios, y Su ira contra los pecadores, para que la gente se juzgue a sí misma a la luz de lo que enseña la Biblia acerca de Dios.
- Como Dios eligió revelarse mediante Sus intervenciones en la historia en vez de hacerlo mediante meras declaraciones y proposiciones, nuestra enseñanza evangelística debe incluir las porciones históricas de las Escrituras en las cuales Dios ha dado a conocer Su verdadera naturaleza y carácter.
- La ley debe ser parte de nuestra enseñanza cuando preparamos los corazones para que confíen solamente en Cristo, porque “por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). Si queremos evitar el sincretismo, el legalismo y la mezcla de obras y gracia, debemos usar la ley de la manera correcta de modo que la conciencia de nuestros oyentes sea expuesta al poder convincente y redarguyente de la ley.
- La meta de toda verdadera evangelización es que la gente confíe solamente en el Señor Jesucristo y Su obra salvadora a favor de ellos. Si nuestros oyentes han de entender e interpretar correctamente la historia de Cristo que narran los evangelios, debemos suministrarles previa información cristológica antiguotestamentaria adecuada.
- Durante la evangelización, debemos enseñar a nuestros oyentes los elementos básicos de la historia y cultura de Israel, porque sólo así podrán comprender la historia del Mesías judío, los tipos de la redención del Antiguo Testamento que cumplió Jesús, la posición de Cristo como Hijo de David, Rey y Juez justo de Israel, Su ministerio especifico a las ovejas perdidas de Israel, y Su rechazo final por parte de Su propio pueblo.
- Estas normas bíblicas de enseñanza son esenciales para la evangelización. ¿Cómo, pues, podría yo estar seguro de que todos estos elementos necesarios fueran incluidos en mi programa de enseñanza evangelística? ¿Dónde podría encontrar un formato didáctico que incluyera cada principio bíblico de enseñanza?
La consideración de cada principio me llevó a la conclusión de que la mejor manera de evangelizar es comenzar por el principio y enseñar cronológicamente a lo largo de las Escrituras para garantizar que la gente comprenda la historia de Cristo y esté adecuadamente preparada para el Evangelio.
A esta primera sección del bosquejo de enseñanza cronológica, que es evangelística y hace énfasis en la salvación, la hemos designado Etapa I. Como lo muestra la gráfica siguiente, la Etapa I empieza en Génesis y concluye con la ascensión de Cristo, que se halla en el libro de Hechos.
LA ETAPA I: PARA LOS INCRÉDULOS
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ANTIGUO TESTAMENTO
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EVANGELIOS
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HECHOS
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EPÍSTOLAS
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ETAPA I –Inconversos Grupos mixtos (inconversos y creyentes)
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LOS LIBROS DEL
MOVIMIENTO HISTÓRICO
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Las Escrituras del Antiguo Testamento proporcionan la revelación fundamental de Dios como el Soberano, Omnipotente, Omnisciente, Omnipresente, Santo, Amoroso, Justo, Misericordioso e Inmutable Creador, Legislador, Juez y Salvador. Esta revelación de Dios comienza en Génesis 1 y continúa a lo largo del desarrollo histórico de la raza humana y a través de las vidas de los patriarcas, empezando con Abraham. La revelación de la naturaleza y carácter de Dios se muestra en Sus juicios sobre Faraón y Egipto, la liberación de Israel de la esclavitud y el cuidado de Dios por los israelitas en su viaje al monte Sinaí. La posición soberana del Señor como Creador del hombre, Legislador y Juez es reforzada solemnemente por la entrega de la ley escrita. La revelación de la naturaleza y carácter de Dios continúa por medio de Sus juicios sobre la rebelde Israel, templados por Su misericordia y siempre atento cuidado preservador. Por medio de los ministerios de Moisés, Josué, los jueces, los reyes y los profetas, Dios manifestó plenamente que es suya la prerrogativa de condenar al culpable y perdonar a quien se arrepiente.
El Antiguo Testamento abarca la dispensación de la ley. Esto no quiere decir que la gracia de Dios no se mostró durante el tiempo del Antiguo Testamento. La salvación de los pecadores, empezando con Adán y Eva, ha sido siempre y únicamente por medio de la gracia infinita de Dios. Pero aunque la gracia de Dios es evidente en el Antiguo Testamento, aun más sobresalen Su soberanía, justicia, santidad y juicio. Por medio de la ley dada a Israel, Dios se reveló como el Santo que no pasará por alto el pecado ni lo dejar impune. La ley de Dios fue dada durante la época del Antiguo Testamento para dar a conocer la depravación innata del corazón humano y la santa ira de Dios contra todos los que desobedecen Sus mandamientos. Por tanto, no hay manera mejor ni más sencilla de confrontar a una persona inconversa con las demandas de la santa ley de Dios que exponerle a las porciones del Antiguo Testamento en las cuales Dios usó la ley para enseñar y preparar a los israelitas para que viesen su impotencia y necesidad de un Salvador.
Pero, ¿es necesario enseñar todo el Antiguo Testamento a los perdidos antes de enseñarles la vida y obra salvadora de Cristo? ¡No! De ninguna manera, ya que la mayor parte del Antiguo y Nuevo Testamentos se dirige a creyentes. En cambio, el principal propósito de los evangelios es de comunicar el conocimiento de la vida y obra redentora de Jesús a personas no salvas. Juan dijo de su evangelio: “Éstas se han escrito para que veáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31). Se deduce lógicamente que, al evangelizar, solamente es necesario enseñar aquellas porciones del Antiguo Testamento que son la base de la historia de Cristo desde Su nacimiento hasta Su ascensión. Debe enseñarse suficiente historia del Antiguo Testamento para que cuando los escritores de los evangelios hagan referencias a datos históricos y geográficos del Antiguo Testamento, a profecías y personajes, o cuando usen ilustraciones del mismo, los oyentes ya conozcan las historias y de esta manera puedan comprender claramente el significado y la razón de la referencia.
Seguir el curso de la historia biblica
Ya que Dios ha elegido revelarse en el marco de referencia de la historia, será mayor la claridad en la enseñanza de las Escrituras si seguimos el curso de la historia de Génesis a Apocalipsis.
El bosquejo de enseñanza cronológica presentado en este libro se basa en las secciones históricas de los libros de la Biblia que registran esta progresión de la historia.
Toma demasiado tiempo su enseñanza
Una de las quejas más comunes respecto de la forma de enseñanza sugerida en este libro es que toma demasiado tiempo su enseñanza.
Vivimos en los días de la velocidad y las maneras fáciles de hacer todo. Los alimentos precocidos y congelados, los postres instantáneos y los hornos microondas facilitan que la comida esté preparada y servida en cuestión de minutos. Se vende toda clase de aparatos para acelerar el paso de la vida cotidiana.
Esta misma mentalidad ha incursionado en la iglesia cristiana y con frecuencia se aplica a la evangelización, al crecimiento de la congregación, y a cada área de la vida de la iglesia.
Aunque los cristianos deben estar dispuestos a aprender maneras más eficientes y eficaces de hacer su trabajo, nunca deben olvidar que el poder de Dios se manifiesta y Su obra se lleva a cabo por la declaración de la verdad de Dios en el poder del Espíritu Santo. No hay otra forma. Dios no cambia Sus métodos para ajustarse al pensamiento moderno y a los llamados avances. “Yo Jehová no cambio” (Malaquías 3:6). Esta verdad acerca de la naturaleza de Dios también se aplica a Sus maneras de obrar.
La mayor necesidad del hombre es oír, comprender y responder a la pura Palabra de Dios. El poder de Dios es inherente a Su Palabra. Fue por medio de Su Palabra que el Dios todopoderoso produjo orden del caos, luz de la oscuridad y dio vida a un mundo inerte. Y es por Su Palabra que el Señor descubre la maldad del corazón humano, trae vida al espíritu muerto del hombre, libera a los cautivos de Satanás, y da vista a los espiritualmente ciegos (Isaías 55:10,11; Lucas 4:18; Juan 8:32; 1 Pedro 1:23-25).
La responsabilidad del cristiano es enseñar la Palabra de Dios en dependencia total del Espíritu Santo. Ninguna sabiduría o ingeniosidad humana, ni ningún método evangelístico enérgico puede acelerar la obra del Espíritu Santo para la conversión de una alma. A nosotros no nos corresponde determinar el momento del nuevo nacimiento, ni tratar de precipitarlo. Hemos de enseñar fielmente todo lo que se nos ha confiado y dejar al Señor la obra de la transformación.
Una de las mayores fallas del ministerio de la Iglesia en todo el mundo es la renuencia a estar dispuestos a enseñar a los inconversos por un período de tiempo largo y dejar que Dios el Espíritu Santo haga Su obra de iluminar a la persona, convencerla de pecado, y llevarla al tipo de fe en el Señor Jesucristo que le dé la seguridad de decir con Pablo: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12). Jack Douglas, misionero a la tribu pawaia de Papúa Nueva Guinea, comentó: “Enseñar desde Génesis nos costó bastante tiempo y mucho esfuerzo, pero bien valió la pena. Los palawano saben qué creen y por qué”.
La mayoría de los programas de evangelización llevan a los cristianos a encuentros personales breves con los inconversos. Se hace un esfuerzo insuficiente por preparar a los no cristianos para que comprendan el verdadero significado del Evangelio. Por lo regular, se citan apenas unos pocos versículos (tales como Romanos 3:23) al inconverso y se le urge después a la persona que haga su decisión por Cristo.
Las Escrituras hacen claro que Dios puede delegar a una persona la responsabilidad de sembrar, a otra la de regar y aun otra puede tener el privilegio de recoger la cosecha (Juan 4:36-38; 1 Corintios 3:6,7). En la mayoría de los métodos evangelísticos contemporáneos, se espera que la persona que siembra coseche inmediatamente. De ninguna manera está Dios limitado. Su Palabra es poderosa para salvar, y a menudo usa a la misma persona para que siembre y coseche. Pero nuestra responsabilidad es constatar que estemos predicando fielmente todo lo que Él nos ha dicho de Su Palabra de manera que la gente esté bíblicamente preparada para el Evangelio. Entonces podremos confiar que Dios dará el crecimiento.
Los programas más eficaces de evangelización son aquellos que permiten que los cristianos enseñen la Palabra de Dios sistemáticamente y dependan de que el Espíritu Santo haga la obra a Su tiempo. Los hijos de Dios deben procurar conocer a personas inconversas, establecer estudios bíblicos en sus hogares y enseñar regularmente, ya sea por semanas o meses, aquellas cosas que Dios ha establecido en Su Palabra como los fundamentos del Evangelio.
EL CURSO DE LA HISTORIA BIBLICA
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LOS LIBROS DEL
MOVIMIENTO HISTÓRICO
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OTROS LIBROS ESCRITOS
DURANTE ESTOS PERÍODOS
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NÚMEROS
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DEUTERONOMIO, SALMOS
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1 & 2 REYES
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PROVERBIOS, ECLESIASTÉS, CANTAR DE LOS CANTARES, 1 & 2 CRÓNICAS, ISAÍAS, OSEAS, JOEL, AMÓS, ABDÍAS, JONÁS, MIQUEAS, NAHUM, HABACUC, SOFONÍAS, SALMOS
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DANIEL
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JEREMÍAS, LAMENTACIONES, EZEQUIEL
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MATEO, MARCOS, LUCAS, JUAN
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HECHOS
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SANTIAGO, 1 & 2 TESALONICENSES, GÁLATAS,
1 & 2 CORINTIOS, ROMANOS, FILEMÓN, EFESIOS, COLOSENSES, FILIPENSES, 1 PEDRO,
1 & 2 TIMOTEO, HEBREOS, 2 PEDRO, JUDAS,
1, 2 & 3 JUAN
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Enseñe el Evangelio a los preparados
He dado ya las razones por las cuales la estructura básica del Antiguo Testamento debe enseñarse a los inconversos antes de enseñarles la historia de Cristo del Nuevo Testamento y el Evangelio. Pero no se debe inferir que estoy sugiriendo que ninguna persona puede ser salva a menos que haya escuchado y comprendido todo el bosquejo del Antiguo Testamento presentado en este programa de enseñanza. Tampoco afirmo que el maestro no deba dar el Evangelio a la persona preparada para éste por el hecho de que no se le haya enseñado el bosquejo propuesto. No debemos ser esclavos de un bosquejo, sino guiarnos por principios bíblicos que se enseñan claramente a través de toda la Palabra de Dios.
Si en algún punto durante la enseñanza del bosquejo del Antiguo Testamento, algún individuo en particular es iluminado espiritualmente y ve su condición perdida ante Dios, el maestro necesitará el discernimiento espiritual para saber si debe dar a ese pecador despertado una enseñanza particular adicional sobre el nacimiento, vida, muerte y resurrección del Señor Jesucristo. Así como es erróneo presionar a las personas a aceptar el Evangelio que no han sido preparadas por Dios, es igualmente incorrecto retener el Evangelio a quienes hayan sido enseñados por Dios, que estén quebrantados de espíritu, y que anhelen fervientemente la misericordia y el perdón del Salvador. Indudablemente, algunas personas llegarán a comprender y estarán bien preparadas por el Espíritu Santo para recibir el Evangelio antes que empiece la enseñanza de los evangelios. Cuando yo me vi frente a esta situación, llevé al individuo aparte del grupo y lo cuestioné cuidadosamente para ver si entendía claramente las verdades básicas concernientes a Dios, Su santidad, odio y juicio al pecado, y la propia condición pecaminosa de la persona ante los ojos de Dios. Habiendo determinado que la persona verdaderamente estaba redargüida de pecado y comprendía y aceptaba la Palabra de Dios, entonces, breve pero cuidadosamente, le hablé de la completa provisión de Dios para los pecadores por medio de Cristo en Su nacimiento y vida santa, Su muerte vicaria, sepultura, y resurrección victoriosa. Si una persona está verdaderamente preparada por Dios, seguramente creerá en Cristo como resultado de escuchar y comprender el Evangelio (Juan 6:44,45).
Un joven palawano de nombre Kamlon estaba asistiendo a las reuniones en las que yo había enseñado las Escrituras por unos tres meses. Un día, Kamlon vino a decirme: “Voy a empezar a orar a tu Dios”. Yo no había orado con los palawano durante nuestros períodos de enseñanza, pero ellos sabían que los católicos oraban y nos habían visto dar gracias por las comidas en nuestro hogar.
Le pregunté: “Kamlon, ¿crees que orando podrás llegar a Dios? ¿No recuerdas cómo Dios sacó a Adán y Eva del Edén y puso a Su querubín allí con la espada encendida? ¿Podría la oración quitar esa espada de fuego? ¿Podría la oración regresarles al Edén?”.
Él respondió: “No, no podría”.
Le pregunté: “Entonces, ¿por qué piensas que con la oración podrás llegar a Dios? ¿Cuál es el castigo del pecado?”.
Él contestó: “La muerte”.
Ya habíamos llegado al punto de la entrega de la ley en las reuniones del grupo. Así que hablamos acerca de las historias del Antiguo Testamento que ilustran que la muerte es el justo juicio de Dios sobre el pecado. Le dije: “Dios requiere la muerte. “Es ‘precio fijo’”. Habíamos usado este término, “precio fijo”, en la enseñanza; es la frase que usan los vendedores en las Filipinas para indicar que no le rebajan el precio a un artículo. En algunos grandes almacenes, cuando una persona empieza a regatear, el vendedor a menudo dice: “Lo siento, precio fijo”. Así que yo le dije a Kamlon: “El precio de Dios es fijo. Dios requiere la muerte. La oración no es el precio requerido por Dios. Él no aceptará nada menos que la muerte, que es separación de Dios”.
Kamlon siguió asistiendo a los tiempos diarios de enseñanza; pero, una semana después, vino nuevamente a hablar conmigo. “Kalang Kayu”, me dijo. (Este nombre, que significa “árbol grande”, fue el nombre que me dio la gente de la tribu debido a mi estatura en comparación con la de ellos.) “Ahora me doy cuenta”, dijo Kamlon, “que la oración no me llevará a Dios. Pero, ¿qué voy a hacer? Sé por la Palabra de Dios que soy pecador. Estoy seguro de eso. Sé que voy al infierno. ¿Qué puedo hacer?”
Alabando a Dios en mi corazón por lo que el Espíritu Santo le había enseñado a este hombre, contesté: “Kamlon, me has preguntado qué puedes hacer. Dime, ¿qué precio hay que pagar?”.
Él contestó: “La muerte”.
Le dije: “Kamlon, si quieres pagar por tu propio pecado, debes ir al infierno. Estarás separado de Dios para siempre. El castigo por tu pecado nunca terminará”.
Él se quedó mirando lejos tristemente y finalmente dijo: “Pues, tendré que ir al infierno”.
Inmediatamente, pensé, “No, no irás”. Supe que Kamlon había sido enseñado por Dios. Por medio de las Escrituras del Antiguo Testamento, él había aprendido las verdades básicas acerca de Dios, de sí mismo y su pecado. Él estaba preparado para comprender el Evangelio y confiar solamente en Cristo para su salvación.
“Kamlon”, le dije, “sentémonos en la terraza”. Fuimos y nos sentamos, luego le pregunté: “¿Recuerdas cómo en el Edén, después de que el hombre pecó, Dios prometió enviar a alguien que sería hijo de una virgen? ¿Recuerdas que Dios prometió que destruiría a Satanás porque había puesto al hombre bajo su dominio?”.
Él respondió: “Sí, lo recuerdo”.
Entonces le recordé la historia de Abraham. Le pregunté: “¿Recuerdas cómo prometió Dios que enviaría al Salvador por medio de Abraham?”.
Él contestó: “Sí, recuerdo eso”.
Le mostré las historias claves del Antiguo Testamento que señalan la venida del Salvador. Después, con base en estas historias del Antiguo Testamento y las promesas de Dios concernientes a Cristo, le dije: “Kamlon, el Salvador ya vino”.
Durante la hora siguiente, brevemente le relaté la historia de Cristo. Cuando finalmente llegué al punto en el cual Cristo murió en nuestro lugar, dije a Kamlon: “Dios sabía que nacerías. Dios sabía que serías pecador. Dios sabía que merecerías castigo eterno por tu pecaminosidad. Y Dios sabía que Él no te podría salvar a menos que la deuda del pecado fuera pagada completamente. El Señor Jesús, por Su gran amor, quiso venir y tomar la responsabilidad de pagar todo tu pecado”.
Cuando hablé de la muerte de Cristo sobre la cruz, Kamlon dijo con una inmensa sonrisa en su rostro: “Entonces si Él murió por mí, yo no tengo que morir. Él pagó mi deuda”.
En ese mismo momento, su alma descansó en la verdad de las Escrituras. Él confió en Cristo como aquel que había pagado su deuda. Aceptó el hecho que lo que él no podía hacer, Dios lo había hecho por él.
Dennis y Jeanie O’Keefe, misioneros a la tribu molbog del sur de las Filipinas, escribieron lo siguiente acerca de un joven de la tribu a quien Dennis enseñó las Escrituras cronológicamente.
- “Casi todos los días yendo o viniendo de su cultivo de arroz, Saya pasaba por mi oficina para tomarse una taza de café y hablar. Fueron tiempos preciosos. Realmente estaba empezando a comprender la verdad bíblica. En su conversación se notaba que empezaba a darse cuenta de que no podía satisfacer los requisitos de Dios y que sería castigado eternamente por sus pecados y su naturaleza pecaminosa.
“Después de enseñar en otros pueblos, pude continuar con Saya. Así fue que, en un solo día, Saya y yo fuimos desde el tabernáculo hasta la cruz. ¡Qué gozo! Todas las piezas del rompecabezas se juntaron en Jesucristo. Él estaba aturdido. Nos quedamos en silencio unos momentos mientras mentalmente recorrió de Génesis 3:15 a Juan 19:30, cuando Jesús dice: ‘Consumado es’. De repente dijo: ‘¿Quieres decir que Él llevó sobre Sí mismo mis pecados?’.
“Dios ha hecho esto, y nos parece hermoso. Todos nos podemos regocijar en los nuevos horizontes que se han abierto por la gracia de Dios demostrada en este hombre”.
Breves encuentros
Espero que sea obvio en todo este libro que tengo en mente situaciones en que se puede enseñar a la gente durante un período extenso de tiempo. Esto es posible en el trabajo misionero bien programado, en las escuelas dominicales, en clases bíblicas y en el ministerio de la iglesia local. Pero, ¿qué se hace cuando solamente se dispone de poco tiempo para predicar a la gente?
Aunque nunca debemos volvernos esclavos de ningún bosquejo de enseñanza, sí debemos ser guiados, aun en breves encuentros, por los principios bíblicos. Un principio claro que ya hemos explicado es que solamente quienes están preparados y llamados por Dios el Espíritu Santo pueden y quieren venir a Cristo. Dios no hace lo que Él nos manda no hacer. Él no “echa perlas a los cerdos”.
No debemos presionar a la gente no preparada a aceptar el Evangelio. Pero hay una gran diferencia entre la declaración pública general de la obra histórica de Dios en Cristo para todo el mundo y la aplicación personal de esa obra al individuo. Un predicador en una reunión pública, que habla ante un grupo mixto de personas cuyos corazones ni conoce ni puede conocer, puede tener completa libertad de presentar el Evangelio y todas las invitaciones de la gracia de Dios a los pecadores arrepentidos. Aun así, debe tener siempre presente que solamente los que han sido enseñados, redargüidos de pecado y quebrantados por Dios mediante Su Palabra y la obra del Espíritu Santo, creerán y se apropiarán del mensaje salvador del Evangelio. Quienes rechazan los fundamentos del Evangelio, es decir, el carácter santo y justo, aunque misericordioso de Dios, y la condición pecaminosa, perdida e impotente de cada hombre fuera de Cristo – no pueden confiar en la obra histórica salvadora de Dios el Hijo y nacer del Espíritu. Por tanto, aun en reuniones evangelísticas públicas donde el conferencista difícilmente podrá tener la oportunidad de enseñar por segunda vez a la misma gente, el predicador debe hacer énfasis en la naturaleza y carácter de Dios y en las demandas de la santa y justa ley de Dios antes de ofrecer las buenas nuevas del Evangelio.
En el libro de los Hechos, cuando Pablo entraba a una sinagoga judía, primero recordaba a sus oyentes la historia fundamental antiguotestamentaria en la cual Dios se reveló a Sí mismo e hizo las promesas respecto del Redentor venidero. Habiendo hecho esto, Pablo presentaba entonces las afirmaciones de Jesús de Nazaret de ser el Mesías prometido y mostraba que la muerte y resurrección de Cristo le autenticaban como el Salvador escogido por Dios para todos los que creen. Inmediatamente, se dividían los oyentes de Pablo. Los preparados anhelaban escuchar más; los duros de corazón y autosuficientes rechazaban su mensaje. Quienes respondían eran llevados aparte para recibir enseñanza adicional del apóstol, de manera que su fe descansara sobre una exposición clara de las Escrituras del Antiguo Testamento a la luz de la nueva revelación en Cristo.
En otras situaciones donde los cristianos tienen solamente una breve oportunidad de testificar a un individuo, en un tren, bus, avión, tienda, en la calle o en su casa, los mismos principios bíblicos deben seguirse tanto como sea posible dentro del limitado tiempo disponible. Por lo general, en vez de buscar un ministerio de encuentros breves, “relámpagos”, los cristianos deben procurar mantenerse en contacto con las personas que conocen para darles una enseñanza continuada, preferiblemente en un estudio bíblico. Si eso es imposible, entonces se puede usar buena literatura que los lleve a través de las Escrituras hasta un conocimiento claro de Cristo.
En un sitio donde trabajamos como misioneros en Palawan, vivía una shamán anciana. Su esposo estaba gravemente enfermo y ya no podía andar. Pasaba día y noche tendido sobre su estera.
Yo pasaba por su casa todos los días cuando iba a enseñar a un leproso, hermano de la shamán. Al comienzo, me detenía a saludarlos, a preguntar por la salud del enfermo y a preguntar si podría brindar alguna ayuda. Inicialmente, se resistieron a nuestros ofrecimientos de ayuda médica, pero después de algún tiempo, se aplacaron. Después de esto, aproveché la oportunidad de quedarme un rato para presentar la Biblia como la Palabra de Dios y para hablar de Dios, el único Ser supremo eterno. Muy pronto después de esto, ellos me enviaron un mensaje por medio de su nieto diciendo que no querían escuchar más de Dios. Después de este incidente, a duras penas me recibían. Su antagonismo respecto de nosotros y nuestro mensaje se hacía evidente en todas sus actitudes.
La costumbre palawana requiere que un hombre casado salga de su propia localidad para irse a vivir en el pueblo de su esposa. Pero si él se enferma seriamente o sabe que va a morir dentro de poco, generalmente pedirá que lo regresen a su propia gente. Cuando el marido de la shamán se dio cuenta de que su muerte era inminente, lo llevaron a la casa de sus familiares.
Algún tiempo después nos sorprendimos mucho cuando algunos parientes suyos caminaron tres horas para pedirme que fuera a hablarle de Dios al moribundo. Esta invitación ciertamente evidenciaba la obra de Dios en su vida.
Regocijándome con la posibilidad de que quizás la semillita sembrada anteriormente en su mente había sido usada por el Espíritu Santo, fui inmediatamente con sus parientes a la casa donde él estaba. Estaba próximo a la muerte, pero todavía podía susurrar respuestas breves a mis pocas preguntas.
Sentado a su lado, me incliné y comencé a explicarle: “Lo que le voy a decir no son mis palabras ni el pensamiento de algunas personas, sino las palabras del único Dios vivo y verdadero”.
Interiormente, nunca me he sentido más impotente que aquel día. Estaba pidiéndole al Señor que me diera sabiduría y claridad y que le diera al moribundo entendimiento, convencimiento de pecado, arrepentimiento y fe.
Continué: “Dios nos dice en Su Libro que Él creó todas las cosas”. A esto añadí: “Dios creó también al primer hombre, Adán, quien fue el padre de toda la raza humana”. Quería que este hombre entendiera que esto incluía a los palawano y por lo tanto a él.
El viejo parecía estar escuchando cuando continué: “Dios colocó a Adán en un bello jardín. En este jardín, Dios había sembrado dos árboles muy importantes, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal”. Después de explicar en términos muy sencillos el significado de estos dos árboles, dije: “Dios advirtió a Adán que la desobediencia traería la muerte. La muerte no sólo significa la muerte física sino también la separación eterna de Dios en un lugar de castigo”.
En este punto le sugerí que descansara y pensara en lo que había dicho. Esto también me brindó la oportunidad de enseñar a sus familiares, quienes se habían reunido en la casa.
Regresando a su lado después de un rato, le pregunté si comprendía lo que le había dicho hasta ahora. Me aseguró que sí, de modo que, desde Génesis 3, le conté la tentación y caída del hombre. Después le expliqué Génesis 3:15: “Dios prometió que algún día enviaría un Salvador que destruiría a Satanás, y libraría al hombre de su poder. Dios echó a Adán y Eva del jardín. Ellos estaban expulsados, lejos de Dios, sin ninguna posibilidad de regresar, a menos que Dios mismo les abriera el camino”.
Después le relaté la historia de Caín y Abel a este anciano. Hice énfasis que tanto Caín como Abel nacieron fuera del jardín y eran pecadores debido a su padre, Adán. Estaban separados de Dios y no podían escapar al juicio de Dios, a menos que Dios mismo hiciera algo para salvarles.
El anciano se cambió de posición un poco para captar mejor cada palabra. Yo seguí. “Estas verdades se aplican a toda la gente, y lo que es más importante, se aplican a usted. Porque usted también es descendiente de Adán, nació lejos de Dios, cortado del árbol de la vida”.
Hice una pausa y después le expliqué cómo Dios instruyó al hombre que, si quería acercarse a Dios, debía tomar un cordero y matarlo. Destaqué: “Ellos debían acercarse a Dios en la manera en que Dios les había instruido, tenían que matar el cordero. Su sangre tenía que ser derramada. Ahora bien, la sangre del animal no podía pagar el pecado. Pero la sangre tenía que ser derramada para recordar a los que la ofrecían que merecían morir y que solamente Dios podía salvarlos. Su fe debía estar en Dios, no en ellos mismos ni en nada que ellos pudieran hacer”.
Entonces le conté brevemente la historia de cómo Caín rehusó venir a la manera de Dios y fue por tanto rechazado mientras que Abel se acercó a Él en obediencia, confiando en la misericordia y promesas de Dios y fue aceptado. Habiendo establecido esta infraestructura, apliqué todas estas verdades personalmente a mi oyente.
“No hay forma en que usted pueda salvarse a sí mismo. Usted debe pagar por su pecado con la separación eterna de Dios. Él no aceptará nada menos. Sólo Dios puede salvarle. Así como Abel, usted debe aceptar el camino de Dios si quiere ser salvo”.
“Tenga cuidado. No sea como Caín, ni piense que puede llegar a Dios a su propia manera”.
El anciano me miró pensativo, y dije: “Yo lo dejaré pensar en lo que ha escuchado, y después le diré lo que Dios ha hecho para que usted pueda ser perdonado de todos sus pecados y ser salvo del castigo que merece”.
Regresé poco tiempo después a él y le hice unas pocas preguntas, y él reconoció: “Sí, soy pecador”. En seguida, pidió: “Dígame lo que Dios ha hecho por mí”.
Mi corazón se llenó de gozo cuando le expliqué, en la forma más descomplicada que pude, la historia del Evangelio.
“Dios envió a Su unigénito Hijo al mundo para ser su Salvador. Cristo nació de la virgen, como Dios lo prometió. Él vivió una vida perfecta. La mayoría de la gente le rechazó y le crucificó. Él hubiera podido destruirlos y regresar al cielo, pero les permitió que le clavaran en la cruz para pagar el castigo por todos los pecados de la humanidad”.
Le recordé a este anciano que estaba tan próximo a la condenación eterna: “La sentencia de Dios por el pecado es la separación eterna de Él en terrible castigo”.
Entonces dije: “Cuando Jesús estaba muriendo sobre la cruz, Él dijo: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’. ¿Por qué cree que el Señor Jesús fue desamparado por Dios? El Señor Jesús fue desamparado y murió para ser el Salvador de los pecadores. El Señor Jesús murió por usted para tomar su separación, para que Dios pudiera perdonar todos sus pecados y darle vida eterna”.
Cité Juan 3:16 y compartí con él la historia de la resurrección.
Sentado junto a él y mirando su rostro ya marcado por la muerte inminente, le dije: “El Señor Jesús le puede ver ahora mismo, aquí donde yace en su estera. Si usted confía en Él y acepta Su pago sobre la cruz por su pecado, Dios le perdonará por todos sus pecados”.
Hubo una nota de urgencia en mi voz mientras continuaba: “Si le acepta, no irá al lugar del castigo eterno, sino al cielo a estar con Dios para siempre”.
“No sea como Caín”, le imploré. “No piense que puede venir a Dios a su propia manera. Su pecado debe ser pagado, y hay solamente un pago que Dios aceptará; éste es el pago que el Señor Jesucristo hizo por usted cuando fue desamparado por Dios por los pecados suyos”.
“¿Comprende? ¿Quiere hacerme alguna pregunta?”, le inquirí.
Con apenas un susurro, él respondió: “Sí, comprendo”. Cerró los ojos y pareció sumirse en sus pensamientos.
Al caminar de vuelta a nuestra casa a través de la selva en la densa oscuridad, mi corazón pedía al Señor que en Su gran misericordia salvara a ese hombre.
Poco tiempo después, recibimos la visita de algunos parientes de este anciano, quienes nos contaron que el hombre había muerto en las primeras horas de la mañana después de mi visita. Pero antes de morir, él les había pedido que le dijeran al Árbol Grande (mi nombre tribal) que no debía preocuparse por él porque estaba confiando en el Señor Jesús quien había recibido el castigo por su pecado. ¡Gloria a Dios por Su gran misericordia y la simplicidad del Evangelio!
Las situaciones varían mucho. A veces ni siquiera se tiene el tiempo que tuve yo con este moribundo. Debemos hacer lo que podamos en el tiempo que el Señor nos da para que la Palabra de Dios sea clara y directa, y confiar que Dios use lo que podamos decir en encuentros breves. Pero siempre que sea posible, nuestra responsabilidad es enseñar de una manera tal que la gente sepa por qué debe venir a Cristo, y para que confíe solamente en Él y Su muerte a su favor.
Etapa I: Para grupos mixtos - incrédulos y creyentes
Muchos grupos e iglesias, como aquéllos de Palawan donde enseñamos primero, están confundidos con respecto al camino de salvación. La Etapa I se ha utilizado con buen efecto para enseñar a tales iglesias y grupos. Muchos individuos, que antes pensaban que eran hijos de Dios, han sido iluminados para reconocer su verdadera condición por medio de la revelación antiguotestamentaria de la santidad de Dios, Sus demandas de perfecta conformidad a la ley, y Sus terribles juicios sobre los pecadores rebeldes. Entonces, mediante la historia de los evangelios han visto por primera vez que no necesitan trabajar por su salvación, porque Cristo ha provisto todo lo que Dios en Su justicia requiere.
Ojalá yo hubiera entendido esto cuando empecé a enseñar por primera vez a las iglesias tribales de Palawan. Para corregir su entendimiento errado, enseñé primero la doctrina de la justificación en forma temática, luego les presenté un estudio expositivo de la epístola a los Romanos, sin tener en cuenta que ellos no tenían fundamentos sólidos antiguotestamentarios. A pesar de las dificultades que enfrenté en la enseñanza y de lo difícil que les fue entender, muchos miembros de la iglesia palawana finalmente fueron iluminados para recordar su condición perdida y llegaron a confiar en Cristo. Pero, ¡cuánto más sencillo y claro hubiera sido el proceso de enseñanza y aprendizaje si, conforme al orden revelado divinamente, yo hubiera enseñado cronológicamente a lo largo del Antiguo Testamento como preparación para el Evangelio de la gracia revelado en el Nuevo Testamento!
Unos años más adelante, después de reconocer mis errores y enseñar las Escrituras cronológicamente en otra área de Palawan, regresé al sitio de nuestras labores iniciales para enseñar cronológicamente desde Génesis hasta la ascensión de Cristo. Después de enseñarles un tiempo breve, algunos ancianos vinieron a preguntarme: “¿Por qué no nos enseñaste de esta forma desde el principio? ¡Esta manera de enseñar hace todo mucho más claro!”. Ellos ya podían ver cómo todo lo que se les había enseñado anteriormente del Nuevo Testamento concordaba con el Antiguo Testamento y era una sola historia integral. Yo les di toda la razón, porque también era obvio para mí que aquellos a quienes había enseñado cronológicamente desde el principio tenían un entendimiento claro de las Escrituras y el Evangelio muy superior al de aquellos enseñados sólo temática o exposicionalmente del Nuevo Testamento.
Lo siguiente fue escrito por Timoteo Caín y Lorenzo Richardson, respecto de la obra entre los puinave de Colombia.
- “Cuando ingresamos a la obra puinave, supusimos que allí había una iglesia legítimamente neotestamentaria a la cual sólo le hacía falta buena enseñanza. Pero cuanto más comprendimos el idioma y a la gente, más nos dimos cuenta que había verdaderos problemas. Llegamos a la conclusión que la mayoría de los puinave que se llamaban ‘cristianos’ estaban, en realidad, muertos espiritualmente. He aquí algunas de las cosas que observamos:
- “A. Los ancianos procuraban obligar a la generación más joven a conformarse a lo que ellos llamaban el ‘cristianismo’. Esto para ellos significaba: (1) no fumar cigarrillos ni tomar bebidas alcohólicas; (2) ir todos los días a las reuniones; (3) asistir a las conferencias; (4) dar “testimonios” en que confesaban algunos pecados o prometían vivir sin pecado de ahí en adelante; y (5) bautizarse.
- “B. La gente no entendía bien la Palabra de Dios. Ellos conocían algunas historias del Antiguo Testamento y un poco más sobre el Nuevo Testamento, pero no tenían idea de la cronología de las historias ni de su significado.
- “C. No había crecimiento espiritual.
- “D. La gente continuaba practicando la brujería. Desaprobaba al brujo, pero no sus métodos.
- “E. No se evidenciaba una verdadera convicción de pecado.
- “F. Para ellos, la muerte de Jesús parecía ser apenas un ingrediente más que Dios creyó necesario incluir en la religión.
- “Empezamos a analizar la situación para descubrir qué tan atrás debíamos ir, a qué nivel debíamos comenzar a enseñar, y nos dimos cuenta de que era necesario volver al principio. El método cronológico nos fue de gran inspiración y ayuda.
- “Cuando yo (Timoteo) comencé a enseñar, les pedí disculpas por la confusión que les habíamos causado por no empezar por el principio, y les prometí que me esforzaría por enseñarles bien esta vez.
- “Enseñamos hasta la ascensión de Cristo y durante la exposición la gente mostró gran interés. Pero nada sucedió.
- “¿Qué se podía hacer sino repasarlo de nuevo? La tercera vez, ellos empezaron a expresar espontáneamente su comprensión y aceptación.
- “Alberto, uno de los líderes del pueblo, me dijo que había estado muy cerca de irse al infierno. Dijo que había ‘jugado a ser cristiano’ por treinta años y que su bautismo era ‘apenas un baño’. Pero ahora, comprendía que no era lo que él había hecho lo que lo hacía estar bien con Dios, sino lo que había hecho Jesús por él.
- “Un indígena muy anciano se puso de pie al término de una de nuestras sesiones de enseñanza para testificar. Parado en medio de toda aquella bulla y confusión, él dijo: ‘Por fin entiendo. Soy un pecador muy malo, pero Jesús pagó el precio de mi pecado con Su muerte’. La gente a su alrededor trató de sentarlo, pero él dijo: ‘No, ¡quiero decir esto!’, y dio un testimonio muy claro.
- “Otro hombre, quien es diácono en una de las iglesias puinaves, también testificó: ‘Hasta ahora, siempre había pensado que Dios me aceptaría por las cosas que yo he hecho para Él. Fui bautizado. Ayudé a llamar la gente para las reuniones. Siempre reunía mucha comida para poder recibir bien a la gente cuando nos tocaba ser anfitriones de las conferencias. Siempre participaba en las reuniones de oración vespertinas. Estoy seguro de que éstas fueron las cosas que Dios vio en mi corazón, porque son las cosas que yo le ofrecía para poder acercarme a Él. Pero ahora entiendo que aquellas cosas son como los frutos que Caín ofreció a Dios, por eso las quité y las reemplacé con la sangre de Cristo. Eso es lo que Dios ve ahora en mi corazón. Eso es lo que ahora ofrezco a Dios, así como Abel en el tiempo antiguo sacrificó ese animal’.
- “En otra conferencia indígena, también estábamos enseñando la primera parte de la cronología bíblica. Alberto, quien por esa época había sido creyente por un año, estaba ayudando a enseñar, y también traducía al curipaco para aquellos que no entendían puinave. Los dos creíamos que este grupo todavía no estaba listo para aplicar lo que habíamos enseñado sobre la salvación. Por lo tanto, terminamos la última reunión con una sencilla exhortación a que pensaran cuidadosamente en lo que habían escuchado y les animamos a preguntarse a sí mismos qué estaban ofreciendo a Dios. De repente, sin que siquiera yo lo notara, una anciana se puso de pie en las sombras y empezó a hablar en curripaco. Me di cuenta de que algo significativo pasaba y esperé una explicación. Pronto la recibí. Alberto se volvió y me dijo: ‘Esta anciana dice que ella encontró su ofrenda. Es la sangre de Jesucristo, la cual Él derramó en la cruz. Eso es lo que ella ofrecerá a Dios’.
- “Estas personas anteriormente habían recibido enseñanza temática de otros misioneros y habían leído el Nuevo Testamento por muchos años, así que esta enseñanza de ninguna manera fue su primer conocimiento del cristianismo”.
Capítulo 7
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