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Capítulo 4 Los fundamentos del Evangelio
El Evangelio es la buena noticia de Dios acerca de Su Hijo. Pero, ¿a quién ofrece Dios esta buena noticia? ¿A quién llama Dios a comer el pan de vida? ¿A quién ofrece Él el agua de vida? Es claro en la Palabra de Dios que Él ofrece buenas noticias a quienes reconocen su pobreza espiritual. Él ofrece pan al hambriento, agua al sediento, descanso al cansado y vida al muerto. Las buenas nuevas de Dios son para todos, pero la persona no preparada por Dios nunca aceptará el Evangelio de la gracia de Dios. Dios sabe eso, y nos manda no echar las perlas del Evangelio delante de los cerdos, es decir, a quienes no sienten necesidad ni aprecian la misericordia de Dios. Mateo dice en su evangelio: “Y aconteció que estando Él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos. Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:10-13). Como los fariseos eran justos en su propia opinión, Jesús no les invitó a venir a Él. Les dijo que primeramente debían ir y aprender. ¿Qué debían aprender? Ellos necesitaban aprender que eran incapaces de ofrecer a Dios algo que pudiera satisfacer las santas y justas demandas de Él, y que tenían, por consiguiente, necesidad de la misericordia del Señor. Sólo a quienes están cargados con la conciencia de su propia pecaminosidad ante Dios, les extiende Jesús la invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Dios envió a Juan el Bautista a realizar la necesaria labor de la preparación de Israel para recibir al Mesías y Su Evangelio (Mateo 3:1-12). Pero los líderes religiosos, justos en su propia opinión, rehusaron aceptar el mensaje de condenación de Juan. Permanecieron duros y sin quebrantarse. Lucas en su evangelio dice:“Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan. Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados por Juan” (Lucas 7:29,30). Jesús dijo también a Sus contemporáneos: “Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados” (Juan 9:39). Quienes se dieran cuenta de que estaban espiritualmente ciegos recibirían comprensión espiritual a través de la verdad que Jesús habló. Pero quienes rehusaban reconocer su ignorancia, como los fariseos, se quedarían para siempre en las tinieblas espirituales. “Algunos de los fariseos que estaban con Él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendrías pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece.” (Juan 9:40,41). Los orgullosos fariseos creían que ya estaban iluminados y comprendían perfectamente la voluntad de Dios. No sentían ninguna necesidad de recibir vista espiritual, porque en su propia opinión, ya podían ver bastante bien. Pretendían ser guías de los ciegos (Romanos 2:17-20) de manera que pensaban: “¿Por qué habían de permitir que este hombre les enseñara?”. Como ellos no veían su gran necesidad y pretendían tener ya visión espiritual, fueron dejados para perecer en su ceguera sin comprender la gracia de Dios disponible mediante el Evangelio. Al dirigirse a los mismos endurecidos líderes judíos después de la resurrección y ascensión de Cristo, Esteban dijo: “¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros” (Hechos 7:51). Nicodemo vino buscando a Jesús, pero Jesús no le dijo inmediatamente a Nicodemo la buena noticia del Evangelio (Juan 3:1-21). En vez de eso, Jesús le dijo: “Nicodemo, tienes que renacer”. La enseñanza de la necesidad del nacimiento nuevo no es el Evangelio. Éstas fueron malas noticias para Nicodemo, quien al igual que sus compañeros fariseos, dependía en gran medida de su nacimiento como hijo de Abraham para su aceptación por Dios. Jesús sabía que Nicodemo no estaba listo para el Evangelio. Nicodemo debía enfrentar primero la imposibilidad de entrar al reino de Dios en virtud de su nacimiento judío o de su propia bondad. En una visita de regreso a Palawan, me pidieron que enseñara un seminario para unos misioneros nuestros sobre el método cronológico de evangelizar y plantar iglesias. Durante una de las sesiones, recalqué que si la mente de la persona está llena de su propia justicia, no verá ninguna necesidad, ni sentirá hambre alguna del Evangelio. Pero un joven palawano que asistía al seminario no pudo captar inmediatamente este concepto. Este joven acababa de desayunar huevos revueltos con nosotros. Dirigiéndome a él, le pregunté si tenía hambre y si le gustaría comer algo. Él me aseguró que no quería comer nada. Sin embargo, continué insistiéndole. Le dije que a mi esposa, Fran, le daría mucho gusto traerle algo de comida. Dándose cuenta de mi intención, Fran también le aseguró que no sería ningún problema para ella preparar unos huevos revueltos. Una vez más, él nos agradeció pero declinó nuestra oferta. Fingiendo sinceridad y preocupación, le repetí la oferta y traté de que le pidiera a Fran que le preparara unos huevos revueltos. Para esta altura del intercambio, él creía que me había vuelto loco. Enfáticamente, dijo: “Pero no tengo hambre”. “¡Tienes razón!”, respondí. “Tomaste un buen desayuno. No tienes hambre. No tienes apetito para la comida”. “¡Ah! Ahora veo”, exclamó. El mismo principio opera en la esfera espiritual que en la natural. Mientras la gente esté llena de su propia justicia personal, es inútil tratar de obligarles a aceptar el Evangelio. El Evangelio es para los hambrientos, para los sedientos y los cansados. Es para los quebrantados ante Dios por la conciencia de su propia pecaminosidad. ¿Pero cómo se lleva a una persona a darse cuenta de esto? ¿Cómo se prepara para el Evangelio el corazón del hombre? El Espíritu Santo usa la Palabra de Dios para preparar la mente y el corazón de una persona para el Evangelio. Pero, ¿qué parte o mensaje de la Palabra de Dios lleva a cabo esta obra preparatoria? El conocimiento de Dios Años después de iniciarse el trabajo misionero en una tribu de las montañas de Nueva Guinea, algunos nativos anunciaron que iban a dejar de diezmar. ¿Por qué? Porque decidieron que le habían pagado a Dios lo suficiente por dar a Jesús para que muriera por sus pecados. El sistema judicial de la tribu se basaba en la tradición de la contraprestación o reciprocidad económica, de modo que es fácil ver por qué pensaron que debían recompensar a Dios por dar a Jesús para morir por sus pecados. Pero, ¿por qué pensaron ellos que era posible pagar a Dios por el regalo de Su Hijo? ¿Qué fue lo que no entendieron? Esta gente tribal obviamente no había comprendido la naturaleza y el carácter de Dios, según se revelan en el Antiguo Testamento y finalmente en el Evangelio. Pensaron que Dios era como los espíritus y seres humanos. Como ellos exigían una reciprocidad económica, pensaron que Dios hacía lo mismo. No hubiera sido adecuado comunicarles que la salvación es un regalo. Les hacía falta ver, a través de las Escrituras, la verdadera naturaleza y carácter de Dios. Si hubiesen visto a Dios como Él realmente es, se hubieran visto a sí mismos como pecadores impotentes y sin esperanza. A la luz de la majestad de Dios y de su propia depravación, hubieran comprendido la inutilidad de cualquier esfuerzo de “pagar a Dios”. Además, a través de la enseñanza del Antiguo Testamento, empezando con la advertencia de Dios a Adán respecto al árbol del conocimiento del bien y del mal, “el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17), deberían haberse dado cuenta de que el justo juicio de Dios sobre los pecadores es la muerte, la eterna separación de Dios. Este énfasis en la muerte como el único pago por el pecado continúa a través de las narraciones históricas del Antiguo Testamento del juicio de Dios sobre los pecadores y termina con la historia en el Nuevo Testamento de la muerte de Cristo como el único pago satisfactorio por el pecado. Si la gente de la tribu hubiera comprendido el énfasis del Antiguo Testamento en la muerte, hubieran también reconocido que solamente la muerte de Cristo podía pagar la deuda del pecado y satisfacer a Dios quien es santo y justo. La tribu aziana de Papúa Nueva Guinea era adoradora del sol. Hubo misioneros entre ellos que afirmaban haber predicado el cristianismo antes de que los misioneros de Nuevas Tribus llegaran al área. Pero a pesar de haber sido “misionizados”, los hombres de la tribu aziana no tenían un entendimiento claro del Dios de la Biblia. Pensaban que Él debía ser similar a su dios sol. En su ceremonia de adoración al sol, mataban un cerdo, cocinaban una mezcla del hígado y la sangre en un pedazo de bambú; y cuando se ponía el sol, se reunían para adorar y apaciguar al sol. El sacerdote comía primero de la sangre y el hígado cocinados, después de lo cual todos los presentes participaban. El sacerdote también escupía un poco de la mezcla hacia el sol para cegarlo, de modo que sus pecados no fueran vistos y vengados. Ellos creían que esto apaciguaría al sol, un dios maligno y malévolo, y haría sus almas invisibles ante él. Cuando los primeros misioneros al pueblo aziana enseñaron a la gente a conmemorar la cena del Señor, la gente le dio el mismo nombre a esta celebración que a su fiesta al sol. Ellos creían que, por participar de la cena del Señor, estaban apaciguando a Dios y cegándole ante sus pecados. Pero estas personas nunca hubieran malinterpretado la cena del Señor de esta forma si se les hubiera enseñado y ellos hubieran comprendido quién y qué es Dios. Se hubieran dado cuenta de que Dios no tiene intenciones maliciosas, que Él no puede ser apaciguado como sus deidades paganas, y que Él, el omnisciente, inmutable Dios, jamás puede ser cegado ante la pecaminosidad del hombre. Estas personas no estaban preparadas para el Evangelio porque no tenían una comprensión de la santidad y justicia de Dios. Por no haber sido expuestos nunca al conocimiento de Dios, no se veían a sí mismos como incapaces de hacer nada que agradara a Dios. Job, David y Salomón declararon la verdad: La verdadera sabiduría se basa en una apreciación solemne de quién y qué es Dios. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová;”(Salmo 111:10). Sólo aquellos cuyos sentidos han sido afinados para conocer y aceptar algo de la naturaleza, el carácter y la soberana posición de Dios están preparados para el Evangelio. Si Dios no fuera realmente Dios, como se revela en una manera fundamental en el Antiguo Testamento, y posteriormente por medio de Jesucristo en el Nuevo Testamento, que Jehová es Dios verdadero. Entonces no habría necesidad del Evangelio. Sólo quienes son iluminados por medio de esta revelación de Dios, como un Dios santo y justo que odia y castiga el pecado, verán su necesidad del Evangelio. Como Dios es el soberano Hacedor del hombre, es también su Dueño, Legislador y Juez. Si esto no es así, entonces el hombre es soberano y no puede ser llamado a rendir cuentas a Dios. El gran deseo del hombre de ser libre para vivir solamente para sí y para la satisfacción de sus insaciables deseos depravados y egoístas, le motivan a odiar a Dios, a huir de Él y procurar borrar el conocimiento de Dios, su justo Señor. Pero aunque la persona comprenda que Dios es su Dueño, Legislador y Juez, si no reconoce la santidad y la justicia de Dios, no sentir la necesidad del Evangelio. Dios no deja de pagar una retribución total por el pecado, ni lo tolera, ni lo pasa por alto. Dios es perfectamente justo. Su propio carácter santo es la regla suprema de la bondad; por tanto, todo lo que no sea conforme a Él, o a la inversa, lo que sea contrario a lo que Él es, es pecado. Cualquier cosa inferior a lo que Dios es, es totalmente inaceptable para Él. La santidad y justicia de Dios se han revelado claramente en la historia mediante Su aborrecimiento y juicio de la más mínima desviación de Su santo modelo. Dios no pasa por alto el pecado. Todo pecado debe ser pagado. “el alma que pecare, ésa morirá” (Ezequiel 18:4), Como Dios es justo, nunca disminuirá Su estándar de santidad ni aceptará nada menos que todo el justo pago por el pecado. Mientras las personas ignoren la santidad y la justicia de Dios, nunca entenderán su necesidad desesperada de la gracia de Dios en Cristo. Podrán servir de labios al Evangelio, hablar de Cristo, asistir a la iglesia, cantar los himnos, leer la Biblia, orar, y aun tratar de servir a Cristo, pero aun así no serán salvas. El hombre es por naturaleza justo en su propia opinión. Nunca abandona su orgullo y autosuficiencia a menos que se dé cuenta de la infinita santidad y justicia de Dios. El religioso perdido no comprende esto, porque está tratando constantemente, mediante sus buenas obras y actividades religiosas, de poner a Dios en una posición donde Dios se sienta obligado a aceptarle y bendecirle. Este conocimiento de Dios, el cual el hombre por naturaleza odia y del cual procura huir, es sin embargo su mayor necesidad porque, aparte de él, nunca se arrepentirá verdaderamente, ni creerá, ni será salvo. Una revelación de la naturaleza y carácter de Dios es prerrequisito para que uno se dé cuenta de su maldad y de su total impotencia para escapar del justo juicio de Dios. Sólo fue después de que Job recibiera una conciencia nueva, más clara, del carácter de Dios, que dijo: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:5,6). Isaías, cuando fue llamado a ser profeta de Dios, necesitó una apreciación realista de sí mismo y de su gente, porque sólo entonces podría denunciar con verdadera humildad la pecaminosidad de la nación. ¿Cómo le mostró el Señor a Isaías su verdadera naturaleza y la iniquidad de su nación? Isaías recibió una visión del Señor en toda Su gloria sublime, soberanía y santidad. El efecto inmediato sobre Isaías fue exclamar: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5). Todas las personas, no importa cuál sea su trasfondo cultural o religioso, deben ser llevadas por este camino de la revelación de Dios. Solamente la comprensión de quién es Dios producirá un verdadero conocimiento de sí mismo, arrepentimiento genuino, y fe salvadora. Jesús dijo: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de Él, viene a mí” (Juan 6:44,45). Toda persona que se acerca a Cristo para salvación llega porque ha sido enseñada mediante la revelación del carácter de Dios como está revelado en los pasajes históricos de las Escrituras, que Dios es santo y justo y que no pasará por alto el pecado. La ley La ley es otro medio más que Dios usa para preparar al pecador para el Evangelio y para que se dé cuenta de que, sin Cristo, perecerá. En la caída del hombre y a lo largo de la historia que la siguió, Dios ha hecho consciente al hombre de su pecaminosidad mediante las revelaciones de Su santo carácter y voluntad. ¿Por qué, pues, fue dada la ley? “La ley se introdujo para que el pecado abundase” (Romanos 5:20). La ley se introdujo para clasificar y definir claramente el pecado. Dios dio la ley para descubrir completamente la pecaminosidad humana y así preparar el corazón humano para el Evangelio. “La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24). Dios dio la ley a Israel, no para salvarles, sino para mostrarles la imposibilidad de la salvación por méritos humanos. “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). “La ley produce ira” (Romanos 4:15). La ley revela la ira de Dios contra el pecado y muestra que el hombre solamente puede acercarse a Dios si todas las demandas justas de Su ley están completamente satisfechas. Jesús les dijo a los fariseos que se creían justos que fueran a aprender que los pecadores son salvos por la misericordia de Dios y no por sus propios sacrificios a Dios (Mateo 9:13). ¿Cómo iban a aprender esto los fariseos? ¿Quién o qué era el maestro instituido por Dios? ¿Cómo podrían ellos ver su verdadera condición ante Dios como impotentes pecadores necesitados de un Salvador? ¡Era a través del entendimiento correcto de la ley! Los judíos tenían la ley de Dios escrita, pero los escribas y fariseos le habían dado una interpretación tan carnal que ésta no les redargüía del error de su disposición de corazón. Ellos no comprendieron la ley como Dios quiso que fuera entendida. Si lo hubieran hecho, se hubieran dado cuenta de lo imposible que era para cualquiera obedecerla perfectamente, y hubieran visto su propia injusticia. Hubieran entonces estado preparados para Cristo y el Evangelio. Jesús les enseñó la interpretación correcta de la ley (Mateo 5:17-28). Pero aunque Jesús les enseñó a comprender el verdadero significado de la ley, los líderes judíos no dejaron que la ley les juzgara y condenara. Si lo hubieran hecho, se hubieran quebrantado de corazón y arrepentido de verdad. Juan el Bautista también dio la interpretación correcta de la ley como preparación para el Evangelio. Pero los líderes religiosos rechazaron tanto el ministerio de Juan el Bautista como el de Jesús porque Su interpretación correcta de la ley ponía de manifiesto la verdadera condición del corazón de los escribas y fariseos. Ellos rechazaron este ministerio preparatorio de la ley; y, por consiguiente, rechazaron a Cristo y al Evangelio de la gracia de Dios (Mateo 3:1-12). La conversación de Jesús con la samaritana es otro ejemplo de la necesidad de preparar a una persona para el Evangelio mediante el uso correcto de la ley. Después de que Jesús se ganara su atención al hablar acerca de su necesidad sentida de agua, Él la llevó a encarar su verdadera necesidad. Jesús le dijo: “Ve, llama a tu marido” (Juan 4:16). Jesús sabía que esta mujer nunca estaría preparada para confiar solamente en la gracia de Dios a menos que reconociera el hecho de que era transgresora de la ley, la cual prohíbe el adulterio. La manera en que Jesús trató al joven rico también muestra que, a menos que una persona reconozca la verdad en cuanto a su pecado y condenación ante un Dios santo, no reconocerá su necesidad del Evangelio. El joven rico, seguro de su propia bondad y de su capacidad de guardar la ley, vino a Jesús y le preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna. Por el saludo de este joven, Jesús reconoció inmediatamente que era un alma no preparada para el Evangelio. El joven rico saludó a Jesús como a un ser humano común, llamándole: “Maestro bueno”. Nunca había sido iluminado por la ley para darse cuenta de que “Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios” (Marcos 10:17-22). Él no era conciente de que toda justicia y bondad del hombre, juzgada a la luz de la perfecta bondad y justicia de Dios, no es más que un montón de trapos inmundos (Isaías 64:6). Jesús, reconociendo la condición perdida de este joven así como su falta de preparación para el Evangelio, no le ofreció la gracia y el perdón del Evangelio. Jesús no había venido a llamar al arrepentimiento a un joven rico que a su propio juicio ya era justo; Él vino a llamar a los pecadores. A este joven le hacía falta que le enseñaran primero su pecaminosidad e injusticia ante los ojos de Dios, antes que él pudiera comprender que el Evangelio de la gracia de Dios era el único medio por el cual podía tener vida eterna. ¿Qué empleó Jesús para revelar la verdadera condición del corazón de este hombre? ¿Utilizó alguna necesidad cultural sentida para llevarle al arrepentimiento genuino? ¿Le dijo Jesús al joven: “Sonríe, Dios te ama”? ¿Decidió cerrar Sus ojos ante su falta de convicción y presentarle unos fáciles pasos para alcanzar la vida eterna? ¡No! Jesús utilizó la ley para descubrir la avaricia que le tenía cautivo. Como este hombre le había preguntado qué debía hacer para heredar la vida eterna, Jesús le dijo lo que Dios requería que hiciera. Por ser justo en su propia opinión, este hombre creía que podía ser salvo por lo que hacía y que no necesitaba la misericordia de Dios como pecador. Por lo tanto, Jesús le citó una porción de la ley. La respuesta del joven rico evidenció su falta de entendimiento de la perfección de Dios. Él afirmó inmediatamente que había guardado estas leyes desde la infancia. Conociendo la verdadera condición espiritual de este joven y su secreto amor al dinero, Jesús le dijo: “Anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”. Mediante este mandamiento, Jesús confrontó a este joven con las realidades prácticas del segundo gran mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31). Entonces Jesús le dijo a este joven: “Ven, toma tu cruz y sígueme”. Este mandato se basaba en el primer gran mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30). ¿Cuál fue la respuesta de este joven? ¿Se arrepintió como el publicano en el templo? ¿Reconoció que era pecador y necesitaba la misericordia de Dios? No. Él rechazó el ministerio revelador y condenatorio de la ley. Se fue, aferrándose a sus riquezas como su mayor tesoro. Se fue triste, pero al parecer sin arrepentirse de su avaricia. Quienes rechazan el mensaje de la ley no pueden recibir el Evangelio. La mayoría de los judíos rechazaron la obra preparatoria de la ley dada por medio de Moisés y enseñada también por Juan el Bautista, Jesús y los apóstoles. A pesar de que ellos habían recibido la ley escrita de Dios, se consideraban justos y confiaban en una mera conformidad externa a la ley. Por su autojustificación, no estaban preparados para venir sólo por fe a confiar en la gracia de Dios. En contraste, muchos de los gentiles, quienes habían estado sin el mensaje escrito de Dios, aceptaron la condenación de la ley y vieron la realidad de su insolvencia espiritual. Por lo tanto, estaban listos para acudir en fe a Cristo y al Evangelio como su única esperanza (Romanos 3:19). El himno titulado “JEHOVÁ TSIDKENU” fue escrito por R. Murray M’Cheyne y es su testimonio de la manera en que el Señor le enseñó y preparó a través de la ley, para que viera su necesidad del Salvador. (Jehová Tsidkenu significa “Jehová nuestra justicia”.)
El problema que tenían muchos de los creyentes tribales profesantes a quienes yo ministré inicialmente en las Filipinas era que ellos nunca se habían juzgado a sí mismos conforme a la perfección y santidad de Dios tal como son reveladas en la ley. Como ellos no habían sido expuestos al correcto ministerio de la ley, estaban confiando en una mezcla de obras y gracia. Estaban ofreciendo a Dios sus propios sacrificios de buenas obras en vez de aceptar la misericordia de Dios en el Evangelio de Cristo. Refiriéndose al tiempo de su vida cuando era uno de los principales fariseos, Pablo dijo: “Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Romanos 7:9). Pablo se había creído justo y autosuficiente. No se veía a sí mismo como espiritualmente enfermo o necesitado de un Salvador. Pero cuando Dios el Espíritu Santo enfrentó a Pablo con las demandas santas y justas de la ley, se dio cuenta de que no era espiritual y que era esclavo del pecado (Filipenses 3:4-9; Romanos 7:14). Pablo escribió: “Luego lo que es bueno, ¿vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (Romanos 7:13). Como Pablo había sido preparado por la ley, estaba listo para confiar solamente en Cristo. Mientras la gente sea ignorante de la perfecta justicia de Dios, se empeñará en salvarse a sí misma mediante su propia justicia imperfecta. Pablo dijo de sus hermanos judíos: “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Romanos 10:3). Si una persona es ignorante de la justicia de Dios, entonces procurará establecer su propia justicia. Pero cuando vea la santidad y justicia de Dios como las revela la ley, abandonará completamente toda confianza en su propia justicia como base de aceptación por Dios. Cuando una persona ha sido iluminada por el Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios, dirá: “Si Dios es así y si Él exige de mí la perfección, me doy por vencido. No trataré más de merecer Su favor por lo que hago. No soy capaz de obedecer Sus santos mandamientos para así agradarle”. Entonces, y sólo entonces, el corazón de esa persona estará listo para recibir la nueva de que “Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos 5:6). Nuestra responsabilidad Hoy día, en la mayoría de los círculos evangélicos, la práctica usual es presentar algunos versículos y evidencias de la necesidad del hombre, y después rápidamente introducir el Evangelio. Después de esta presentación resumida de la necesidad del hombre, se dedica mucho tiempo al esfuerzo de persuadir a los oyentes a que confíen en Cristo. Nuestro gran error es ofrecer rápidamente el remedio sin dedicar tiempo suficiente a preparar a la gente para el Evangelio. Debido a que la sociedad occidental tiene una fachada cristiana, la mayoría de los obreros cristianos presumen que la gente tiene ya una base para comprender el Evangelio. Suponemos que ya tienen un entendimiento básico de Dios y de Su naturaleza y carácter. Sin embargo, la vasta mayoría de las personas en los países supuestamente cristianos tienen poco conocimiento bíblico de Dios. De los relativamente pocos en nuestros países que asisten a las iglesias, la mayoría tiene un concepto de Dios humanista y no escritural. A pesar de esta tremenda carencia, el predicador común dedica poco tiempo a este tema tan básico y de suprema importancia. No es sorprendente que haya poco respeto para Dios y las cosas espirituales en nuestros días. Todos los verdaderos avivamientos espirituales y movimientos del Espíritu de Dios han sido el resultado del reconocimiento de quién es realmente Dios. Sólo esto proporciona verdadera contrición del corazón, arrepentimiento genuino, fe, adoración y vida santa. Si los evangelistas y predicadores dedicaran más tiempo a enseñar acerca de la verdadera naturaleza y carácter de Dios y menos tiempo a tratar de convencer a los pecadores acerca de las ventajas de acercarse a Él, escucharíamos con más frecuencia a pecadores arrepentidos, ansiosos, preguntando: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30). Aunque pueden estar de acuerdo en que debe hacerse una obra preparatoria en el corazón del pecador antes de que confíe solamente en Cristo, algunos pueden opinar que ésta es una obra soberana de Dios en la cual no tenemos parte. A partir de las Escrituras es claro que Dios prepara el corazón del hombre por medio de Su Palabra. “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” (Jeremías 23:29). El Espíritu Santo usa la Palabra de Dios para convencer al mundo de pecado, justicia y juicio (Juan 16:8). Dios nos ha encargado la proclamación de Su mensaje (2 Corintios 5:18-20). Somos responsables de preparar a nuestros oyentes por medio de las Escrituras antes de ofrecerles el Evangelio. Recuerdo cuando empecé a enseñar en un estudio bíblico hogareño nuevo con una pareja en Australia. Antes de comenzar a enseñar esa primera noche, el esposo me interrumpió para decirme: “Espere un momento. Antes de que usted diga nada, tengo que decir algo”. “Muy bien, siga”, le respondí. Dijo él: “A mí me parece que si una persona guarda la ley y hace exactamente lo que ésta dice, estará muy bien y será aceptado por Dios”. Cuando le di la razón, se puso algo engreído. Dirigiéndose a su esposa, se jactó: “Ahí lo tienes. Te lo dije. La mujer de la misión en la ciudad no sabía nada. Ella me dijo que yo no podía ser salvo por lo que hiciera”. Yo le dije: “Estoy de acuerdo con lo que usted dice, así que lo voy a anotar”. De manera que escribí: “Wim dijo que si obedecemos la ley y hacemos exactamente lo que ella dice, Dios nos aceptará y estaremos muy bien”. Por supuesto, a esta altura de las cosas, Wim no se había dado cuenta de que él no tenía la capacidad de obedecer la ley porque había nacido pecador. Después de haber escrito estas palabras, puse el pedazo de papel en mi Biblia. Mi plan era referirme a él en una ocasión futura apropiada. Después de unos pocos meses de estudios bíblicos cronológicos semanales, que habían empezado en Génesis, llegamos finalmente al relato de la entrega de la ley. Era obvio, por las preguntas y respuestas de Wim, que el Señor estaba obrando en su vida. A medida que continuamos estudiando la ley, dando el significado espiritual y la aplicación de cada uno de los mandamientos, Wim escuchaba cuidadosamente. Finalmente, una noche, interrumpió mi enseñanza y dijo: “No tengo ninguna esperanza. Yo rompo diariamente todas las leyes de Dios”. ¡Alabado sea Dios! Los ojos espirituales de Wim habían sido abiertos para ver su propia pecaminosidad e incapacidad de agradar a Dios mediante su obediencia personal a la ley. Este conocimiento había venido a él mediante el estudio de los relatos del Antiguo Testamento y de la ley, lo cual reveló el carácter santo y justo de Dios. Después, durante nuestros estudios bíblicos, Wim vio que solamente Cristo había guardado la ley y que, mediante Su muerte, había provisto un camino de salvación para los impotentes pecadores. ¿Cuál hubiera sido el resultado si yo hubiera presentado el Evangelio al comienzo de nuestro estudio bíblico, sin exponer primero a Wim a las demandas de la santa ley de Dios? Wim no hubiera entendido claramente la necesidad absoluta del Evangelio. Él no estaba preparado para el Evangelio. No sentía necesidad de la gracia y misericordia de Dios. Era justo en su propia opinión y por lo tanto se consideraba autosuficiente. Posiblemente, hubiera profesado fe en Cristo, pero, en su corazón, hubiera dependido de sus propios esfuerzos y su propia justicia. No sólo se nos ha encomendado el Evangelio, sino también la preparación de las almas para el Evangelio. Necesitamos tomar esto en serio. Pablo escribió a Timoteo: “Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente; conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes (…) según el glorioso evangelio del Dios bendito que a mí me ha sido encomendado”(1 Timoteo 1:8,9,11). Pablo sabía que el Evangelio no tendría sentido sin la correcta aplicación de la ley. El uso correcto de la ley es el medio para preparar a los pecadores para el Evangelio. La ley es el ayo escogido por Dios para llevar a Cristo a los que se creen justos. Debemos, mediante el uso correcto de la ley, llevar a la gente a ver que necesitan una justicia igual a la justicia de Dios, porque solamente eso satisfará a un Dios santo. Las preguntas surgen entonces: ¿Dónde puedo hallar esta justicia que satisfará a Dios? ¿Cómo puede Dios estar satisfecho conmigo? Yo he transgredido Su ley. Estoy condenado al castigo eterno. ¿Cómo se puede pagar mi deuda de pecado? ¿Cómo puedo ser justificado y declarado justo ante mi perfecto Juez? Mientras algunos opinan que esta obra preparatoria es la responsabilidad soberana de Dios, otros creen que se debe predicar inmediatamente el Evangelio a todos, no obstante su falta de preparación porque el Evangelio es el “poder de Dios para salvación”. Creen que el Evangelio preparará el corazón del pecador y también salvará su alma. Es cierto que el Evangelio es el poder de Dios para salvación, pero, ¿a quién? Romanos 1:16 dice que: “es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”. ¿Quién confiará solamente en el Evangelio y será salvo? Solamente aquellos cuyos corazones hayan sido preparados como la buena tierra, aquellos que hayan sido redargüidos y preparados por Dios y hayan sido enseñados por el Espíritu Santo a estar de acuerdo con Dios respecto a su pecado, a la justicia de Cristo y al juicio venidero de Dios (Juan 16:8-11). Un domingo por la mañana vino a nuestra casa por primera vez una mujer palawana. Hacía muchos años ella había escuchado algo de la Palabra de Dios, pero, por mucho tiempo ya, no había ningún misionero donde ella vivía. Acabábamos de construir una casa y habíamos empezado a enseñar la Palabra de Dios en una localidad a unas dos o tres horas de camino de su casa. Ella vino a vernos y dijo emocionada: “He estado ‘fuera de Dios’ durante diez años, pero ahora quiero regresar a Dios”. Con este término “fuera de Dios”, ella quería decir que no había estado asistiendo a reuniones cristianas ni haciendo todas las cosas que ella asociaba con ser cristiana. Con el término “regresar a Dios”, indicaba que iba a asistir a las reuniones una vez más, cantar, orar y escuchar la enseñanza de la Palabra de Dios. Hablé con esta mujer varias veces acerca de Cristo y Su muerte por los pecadores y le pregunté acerca de su propia fe personal en Cristo y Su muerte. Ella decía: “Sí, estoy confiando en Cristo”. Sin embargo, su énfasis estaba en que ella había estado una vez “en Dios”, que había sido bautizada, y que conocía muchos himnos y oraba. Ya no tenía un Nuevo Testamento, pero quería otro porque estaba volviendo a estar “en Dios”. Sin embargo, a menos que se le preguntara específicamente, ella nunca hablaba de la muerte de Cristo por los pecadores. Yo le dije: “Todo lo que dices es bueno, pero no te salvará. Solamente Cristo puede salvarte”. Una y otra vez, cuando hablaba con ella, yo hacía énfasis en la muerte de Cristo por los pecadores. Ella respondía: “Ah, sí, el misionero anterior me dijo que Cristo murió. Sí, yo creo eso”. Yo pensaba: “Quizá ella es verdaderamente salva”. Cuando ella regresaba una o dos semanas después, decía: “Estoy tan feliz de poder cantar los himnos, orar y asistir a las reuniones. Estoy muy contenta de estar nuevamente en Dios”. Una vez más, le recordaba que la muerte de Cristo era el único camino para volver a Dios. Ella respondía: “Sí, recuerdo eso”. Pero después les preguntaba a los nuevos creyentes si habían sido bautizados. Cuando contestaban que no, ella les decía que ni siquiera habían empezado a andar por el camino. Cada vez que nos visitaba y se jactaba de sus buenas obras, yo le recordaba la muerte de Cristo como el único camino para llegar a Dios. Por su actitud, era claro que la muerte de Cristo no significaba nada para ella. Parecía pensar: “Todo estará bien con tal que pueda recordar esta parte acerca de la muerte de Cristo por los pecados y Su resurrección”. En distintas ocasiones mi esposa me escuchó recordarle a esta mujer la muerte de Cristo por los pecadores. Finalmente, Fran me dijo: “No te entiendo. Estás haciendo precisamente lo que enseñas a los demás que no hagan”. Le pregunté: “¿A qué te refieres?”. Ella respondió: “Sigues repitiéndole a esa mujer el Evangelio, pero ella no está preparada. Ella no comprende su necesidad del Evangelio. No tiene sed. No tiene hambre. Su corazón no está preparado para el Evangelio”. Mi esposa tenía razón. Decidí que, cuando regresara esta palawana, no le recordaría otra vez el Evangelio. Ella necesitaba que se le enseñara la ley, para comprender su gran necesidad de Cristo, y sólo Cristo, como su justicia. Poco tiempo después, ella regresó. Me senté a hablar con ella a la una de la tarde. Empecé en Génesis y le recordé las principales historias del Antiguo Testamento que proporcionaban los fundamentos de la doctrina de Dios, del hombre y del pecado. Como ella había asistido a las reuniones, sólo necesitaba que se le recordara la mayor parte de estas historias. Una vez más, hice énfasis en la santidad de Dios, Su odio al pecado, la pecaminosidad del hombre y especialmente en el hecho de que la ley de Dios requiere la muerte como pago por el pecado y que Dios no aceptará nada menos. Apliqué esta verdad a ella personalmente al decirle que el bautismo, el cantar himnos, la asistencia a la iglesia, la lectura de las Escrituras, ni ninguna otra cosa que ella pudiera hacer pagaría su pecado. A las cinco de la tarde ella estaba frustrada y desesperada y empezó a llorar. Aunque a los palawano no les gusta que los vean llorar en público, ella derramó lágrimas porque estaba tan sobrecogida por lo desesperada de su posición ante Dios. Mientras ella lloraba, yo oraba en silencio. “Señor, dame sabiduría. ¿Qué debo decirle? No quiero que ella sólo asienta mentalmente a lo que yo he compartido de tu Palabra sino que confíe solamente en tu Hijo y en el Evangelio. ¡Señor, salva a esta mujer! Llévala a tal punto donde ella pueda ver que la salvación es solamente en Cristo, para que ella ponga su fe en Él y nunca más en sí misma ni en nada que ella pueda hacer”. Finalmente, le dije: “Dios requiere la muerte. ¿No hay un lugar donde puedas hallar ese pago en vez de morir tú? ¿No habría alguien que pudiera pagarlo? Yo no lo puedo pagar por ti, porque yo también merezco ser separado de Dios por mis pecados”. Por unos momentos nos quedamos en silencio. Finalmente, en medio de sus lágrimas me miró y respondió: “Jesús”. Gozoso respondí: “Sí, Jesús. Él es el único”. Desde ese momento cambió toda la actitud de esa mujer. Desapareció toda su jactancia y su confianza en cualquier cosa que no fuera el mismo Señor Jesucristo. “¡Cuán dulce suena el nombre de Jesús al oído del creyente!” Él es la respuesta. Cristiano, emocionará tu alma, si, mediante la enseñanza correcta de la naturaleza y carácter de Dios y de la ley de Dios, le das al Espíritu Santo la oportunidad de preparar a la gente para el Evangelio, porque entonces ellos confiarán solamente en el Señor Jesús como el que murió por ellos y satisfizo completamente a Dios a su favor.
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