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Capítulo 3 Las personas no preparadas para el Evangelio Hemos usado la analogía bíblica de la construcción para ilustrar la obra de la predicación del Evangelio, pero el Señor también utilizó la agricultura en Su Palabra para enseñarnos el procedimiento correcto para hacer Su obra. Por tanto, le contaré la parábola de un agricultor y sus hijos. Un hombre que estaba por irse de su casa por algún tiempo, dejó a sus hijos con instrucciones de sembrar buena semilla en toda su granja. Les proveyó la buena semilla y prometió regresar en la época de la cosecha. Con los años, el padre de los muchachos había escrito un libro en el cual recopilaba sus experiencias como agricultor. Explicaba cómo había trabajado con cada tipo diferente de tierra. Anotaba cómo había tratado distintas hierbas malas y cuáles condiciones impedían el crecimiento de la buena semilla. En algunas partes hablaba del suelo inútil que solamente producía malezas y espinos. Otro suelo, si se preparaba adecuadamente, había resultado productivo; pero todo el suelo, incluso el mejor, necesitaba mucha preparación y un cuidado constante si había de producir una cosecha abundante. Los hijos se complacían en obedecer a su padre, de modo que, según su mandato, se fueron al campo. Llevaron consigo el libro y la buena semilla. Al llegar allí, hallaron grandes árboles, enmarañadas malezas, y espinos. Hasta los campos que su padre había cultivado antes estaban ahora llenos de hierbas malas, y el terreno estaba rocoso y duro. Sintiéndose deprimidos, los hijos tomaron el libro de su padre y volvieron a leer su último mandamiento. Sí, era claro: “Siembren la buena semilla en cada parte de la finca”. Por lo tanto, se dedicaron a hacer, lo mejor que pudieron, lo que su padre les había mandado. Pero como les parecía que era muy obvio lo que hacía falta hacer, dejaron a un lado el libro de instrucciones y se pusieron a trabajar. Un hijo cortó algo del rastrojo, y después de desherbar un poco, empezó a sembrar la buena semilla. Otro hijo derribó algunos árboles mientras el tercero quitaba a mano limpia la maleza antes de sembrar la buena semilla. Cada uno emprendió el trabajo con entusiasmo y vigor pero con poco éxito. Con gran devoción, ensayaron muchas ideas y métodos diferentes. Aunque sus ideas parecían brindar resultados por un tiempo, finalmente las malas hierbas ahogaban la mayoría de las nuevas plantas o éstas morían por la dureza del suelo. Solamente unas pocas semillas finalmente echaron raíces y crecieron. Mientras tanto, el libro de su padre, que contenía los relatos de sus experiencias y métodos de cultivo, era estimado, pero no aplicado al trabajo. Finalmente, desesperados, los hijos tomaron el libro de su padre y comenzaron a leer. Se dieron cuenta que él había experimentado los mismos problemas que ellos habían encontrado. Hallaron la explicación de sus métodos para preparar el terreno antes de sembrar la buena semilla, y la leyeron cuidadosamente. Entonces, siguiendo su ejemplo, derribaron los árboles, desarraigaron las malas hierbas, araron, fertilizaron y regaron la tierra. Una vez que el terreno estaba roturado y bien preparado, sembraron la buena semilla. Como resultado de seguir los métodos y principios que su padre había dejado escritos, más y más semillas echaron raíces y florecieron. Tierra no preparada En Jeremías 4:3, el Señor dice: “Arad campo para vosotros, y no sembréis entre espinos”. Este versículo enseña un principio espiritual sobre el cual se hace énfasis en todas las Escrituras, y destaca una de las fallas mayores en la evangelización. La mayoría de los evangelistas, predicadores y maestros ni en su propio país ni en el campo misionero dedican suficiente tiempo a la preparación de las mentes y los corazones de la gente antes de ofrecerles el Evangelio. La semilla del Evangelio con frecuencia es sembrada en terreno duro, espinoso, no arado, y mal preparado. En muchos casos, los resultados son profesiones que no duran mucho tiempo y dan poco crecimiento y fruto permanente. En la parábola del sembrador en Mateo 13:3-8, parte de la semilla cayó en el camino, parte en tierra poco profunda, y parte entre espinos. Esta semilla pronto fue quitada, se secó o se ahogó. Algunos creen que esta parábola nos enseña que es nuestra responsabilidad sembrar la semilla del Evangelio, sin tener en cuenta la condición del corazón de nuestros oyentes. Es cierto que siempre habrá los tipos de personas ilustrados por la parábola del sembrador. Incluso algunos que afirmaron creer y seguir a nuestro Señor Jesús eran falsos profesantes. Pero, ¿qué nos está enseñando en realidad Jesús a través de esta parábola? ¿Estaba enseñando Jesús que debemos sembrar la semilla en terreno rocoso sin preparar? ¿Quiso el sembrador sembrar la semilla en el camino? ¿Fue su intención sembrar entre los espinos? ¿Acaso pretendía recoger una cosecha de la semilla sembrada en pedregales, donde no había mucha tierra? ¡Claro que no! El sembrador había preparado el terreno para sembrarlo con buena semilla. Su propósito era sembrar la semilla solamente en el terreno que había preparado. No tiró la semilla buena intencionalmente al suelo sin preparar; sino que mientras sembraba la semilla en terreno preparado, parte cayó en tierra no preparada. Ninguna semilla caída en suelo sin preparación produjo fruto. Lo principal que nos enseña Jesús mediante esta parábola del sembrador es que la buena semilla crece bien y da fruto solamente en tierra preparada. El corazón humano no es por naturaleza buena tierra para la semilla del Evangelio. La historia del hombre que cuentan las Escrituras hace evidente que ningún descendiente de Adán se inclina naturalmente a Dios o a Su camino de salvación. “No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (…) no conocieron camino de paz; no hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:11,17,18). “…Los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7). La persona natural puede seguir religiones falsas y servir a dioses hechos por el hombre o incluso a lo que considera el verdadero Dios vivo. Algunos hasta aceptan con alegría un evangelio que se parece al verdadero Evangelio de Cristo. Conforme a las Escrituras, sin embargo, ninguna persona busca al verdadero Dios vivo ni puede venir a Cristo por fe, a menos que Dios le busque primero por Su Espíritu a través de Su Palabra (Juan 6:44,45). Las necesidades sentidas En años recientes, en muchos círculos misioneros, se ha hecho mucho énfasis no escritural en las necesidades culturales sentidas como la base para la presentación del Evangelio. Algunos enseñan enfáticamente que, si el Evangelio ha de ser aceptable, significativo, y relevante a nuestros oyentes, debemos primero saber cuáles son sus necesidades sentidas y comprenderlas, y luego ofrecer el Evangelio como la respuesta divina a estas necesidades sentidas. Quienes destacan las necesidades culturales sentidas como la clave para comprender y aceptar el Evangelio, están confundiendo los resultados y las bendiciones del Evangelio con el Evangelio mismo. El verdadero Evangelio nunca es culturalmente apropiado. El Evangelio no fue dado por Dios para satisfacer los deseos naturales de ningún ser humano, no importa su cultura. La misión principal de Jesucristo en el mundo no fue hacer a la gente feliz, tranquila, y segura, ni siquiera para darles un sentido de pertenencia o para que se sintieran amados. Estas bendiciones son el fruto del Evangelio y deben ser experimentadas en las vidas de quienes creen el Evangelio. El Evangelio que predicamos, no obstante, no es enviado por Dios como buenas nuevas para aquellos cuya búsqueda básica es ser felices, tranquilos, seguros, sanos, o quienes simplemente quieren ir al cielo. Éstos son deseos naturales y pueden ser también el fruto de la naturaleza pecaminosa y egoísta del hombre, y son los deseos de la mayoría de los ateos más ardientes y los criminales más depravados. Ofrecer el Evangelio a base de los deseos naturales o las necesidades culturales sentidas, sitúa al hombre y sus deseos en el centro de nuestro mensaje. Así, entronizamos al hombre y su felicidad. Cuando se presenta el Evangelio de esta forma, damos a entender que el objetivo de Dios es satisfacer las necesidades del hombre, cualesquiera que él sienta. Esto no es bíblico. Dios no existe para el hombre. El hombre existe para Dios. “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 4:11). ¿Vino Jesús a este mundo a satisfacer las necesidades sentidas? ¡No! Él vino a solucionar el problema del pecado. Juan escribió: “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo”(1 Juan 4:14). El ángel dijo a José: “llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). La misión de nuestro Señor fue resolver, en primer lugar, el problema de la perdición del hombre en el pecado, porque el pecado es una afrenta a Dios en Su posición como soberano Creador y Rey. Es por eso que el Hijo dijo a Su Padre: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:9). Jesús cumplió Su misión al sufrir el justo juicio de un Dios santo. Jesús no trató de llegar a la gente de Su época con base en las necesidades que ellos comprendían. En los días de Jesús, el deseo natural del judío promedio era de un rey o una figura política que librara a Israel del yugo de sus enemigos. Después de que Jesús alimentara a los cinco mil, se dio cuenta de que la gente iba a tratar de apoderarse de Él para hacerle rey, de manera que “volvió a retirarse al monte Él solo” (Juan 6:15). Al día siguiente, la multitud buscaba a Jesús porque quería ser alimentada. Jesús, sin embargo, no les respondió con base en estas necesidades sentidas. Al contrario, les dio a conocer sus verdaderas necesidades desde el punto de vista de Dios. Ofendió a tantos con Su mensaje que Juan nos dice que: “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con Él” (Juan 6:66). La mayoría de los judíos rechazó la apreciación de Jesús de sus necesidades, porque no veían su gran necesidad de un Salvador para librarles de la servidumbre del pecado (Juan 6). Pablo cuenta que el mundo gentil estaba más interesado en la sabiduría y filosofía humana, que en la salvación de la depravación y la condenación por sus pecados. Tanto a judíos como a gentiles, no preparados por Dios, la predicación de la cruz era necia y sin sentido, pero Pablo no se acomodó a la búsqueda de sabiduría de los gentiles ni al deseo de los judíos de ver señales y milagros. Pablo predicó el Evangelio, el poder de Dios que salva a los pecadores que creen. Él dijo: “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura” (1 Corintios 1:23). “Cuando fui a vosotros”, recordó Pablo a los creyentes corintios, “no fui con excelencia de palabras o de sabiduría (…) ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría” (1 Corintios 2:1,4). Pablo sabía que las necesidades sentidas de la gente de la perversa Corinto no eran cimientos sanos para el Evangelio. Pablo sabía que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14). El Espíritu Santo vino al mundo a convencerlo de pecado, justicia y juicio (Juan 16:8). Jesús vino a llamar a los pecadores al arrepentimiento (Mateo 9:13). Dios “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). La base bíblica para el Evangelio es un sentido de nuestra pecaminosidad ante Dios y el reconocimiento de que solamente la misericordia y la gracia de Dios pueden proporcionarnos el perdón de nuestros pecados. Ninguna criatura reconoce naturalmente esta necesidad espiritual. Cuando la mayoría de los palawano profesaron conversión inicialmente, habían respondido debido a necesidades culturales sentidas y no porque el Espíritu Santo les hubiera enseñado sus necesidades espirituales. Abrazaron el cristianismo por razones erróneas. Por ser animistas, estaban convencidos de que su bienestar físico y material dependía de su capacidad para mantener a los espíritus felices y contentos. Muchos de los que profesaron conversión asumieron una actitud similar hacia Dios. Procuraron agradar a Dios y ganar su aceptación mediante el bautismo, la lectura de la Biblia, y la asistencia a las reuniones para orar y cantar. Procuraron guardar lo que ellos percibieron como las “reglas cristianas” para poder experimentar las bendiciones de Dios en sus vidas. Anteriormente, cuando creían que los espíritus les habían sanado, ofrecían una fiesta de agradecimiento. Creían que era necesaria para satisfacer a los espíritus y para que no les hicieran más mal. Después, cuando atribuyeron su sanidad a Dios, muchos creían que era obligatorio ir a la iglesia para dar un testimonio de agradecimiento, contando todo lo que había pasado durante su enfermedad y sanidad. Acostumbraban concluir tales testimonios con las palabras: “Por esto, Dios es real”. La sanidad del Señor parecía ser la mayor prueba para los palawano de que Dios existía, así como en los años anteriores ellos habían confiado en los espíritus y en su poder para sanar. El poder y la bondad de Dios para sanarles y su atención a sus necesidades físicas eran de primera importancia para ellos; eran las razones básicas de su fe en Él. Pero cuando parecía que Dios dejaba de responder a sus oraciones, muchos se volvían a los espíritus y los brujos para satisfacer sus necesidades sentidas. Su “cristianismo” no duraba, porque se basaba en necesidades sentidas en vez de las necesidades espirituales reveladas por Dios. Al decir esto no quiero dar a entender que el Señor no se interesa en los sentimientos o las necesidades de las personas. Sí se interesa, pero sabe que las necesidades personales de ningún hombre se pueden satisfacer sin que deje primero que Dios supla la necesidad mayor y primaria, que sea reconciliado con Dios. Como Dios se interesa en los sentimientos y padecimientos de la persona, nosotros también debemos interesarnos. Aun así, si en realidad queremos ser ministros de bien para ellos, debemos preparar a los pecadores para que vean sus necesidades verdaderas desde la perspectiva de Dios. Aunque la presentación del Evangelio no debe basarse en necesidades sentidas, los misioneros deben tener un buen conocimiento de la cultura de la gente a quienes enseñan. Jesús y el apóstol Pablo presentaron el Evangelio dentro del contexto cultural de sus oyentes. De la misma manera, los misioneros deben usar ilustraciones y expresiones idiomáticas culturalmente apropiadas para comunicar efectivamente dentro del contexto cultural de los oyentes. Además, necesitamos ser concientes de las necesidades culturales sentidas de la gente para poder, mediante la enseñanza correctiva, guardarnos de malos entendidos y del sincretismo en la enseñanza de las Escrituras. La ignorancia y los malos entendidos El corazón debe ser preparado por Dios para la recepción del Evangelio. El corazón malo del hombre, con sus deseos egoístas naturales, no es tierra fértil para la buena semilla del Evangelio. Es más, la predicación del mensaje de la salvación por medio de Cristo no dará fruto donde las mentes de las personas permanezcan en la oscuridad, ajenas a las realidades espirituales. La fe salvadora se basa en la verdad de Dios comprendida. En el libro “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll, la reina dice a Alicia:
Dios siempre obra dentro de la racionalidad. La verdad se presenta al intelecto para que la reciba, comprenda y crea. Es sorprendente que a pesar del énfasis de las Escrituras sobre la necesidad de comprender la verdad, muchos cristianos no ven esto como una necesidad básica para la verdadera fe salvadora. La razón principal de la confusión entre el pueblo palawano era su ignorancia del Evangelio tanto como la ignorancia de las verdades que ha dado Dios como la única preparación para el Evangelio. Un día, yo iba caminando con un misionero que pensaba que yo esperaba que la gente de la tribu comprendiera demasiada verdad bíblica antes de aceptarles como verdaderos hijos de Dios. Estábamos conversando sobre la confusión de los palawano respecto del camino de salvación. Él afirmó: “Cuando yo fui salvo, no sabía nada”. Respondí: “Si no sabías nada, no fuiste salvo. Dime, ¿qué hiciste al ser salvo?”. “Confié en Cristo”, respondió él. “Pero, ¿por qué confiaste en Cristo y no en Mahoma o en Buda?”. “Confié en Cristo porque sabía que Él había muerto por mí”. Le seguí preguntando: “Pero, ¿por qué necesitabas que alguien muriera por ti?”. “Sabía que yo era un pecador destinado al infierno”, respondió. “Bueno, parece que con todo, sí sabías algo”, fue mi respuesta. En la parábola del sembrador, el Señor Jesús dijo: “Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Éste es el que fue sembrado junto al camino” (Mateo 13:19). Cuando Felipe encontró al etíope eunuco y le escuchó leer al profeta Isaías, Felipe le preguntó: “Entiendes lo que lees?” (Hechos 8:30). Felipe reconoció que este hombre no podría nunca ejercer una verdadera fe salvadora a menos que comprendiera primero lo que enseña la Palabra de Dios acerca de la salvación. Cuando una persona es salva, puede desconocer algunas verdades bíblicas, pero hay ciertos hechos que sabrá con seguridad. Sabrá que Dios es el justo y santo Juez de todos. Sabrá también que es una persona pecadora ante Dios y que no puede hacer nada para salvarse. Además, sabrá que Cristo murió por ella para pagar el precio completo del perdón de sus pecados y que Cristo resucitó de los muertos. Éste es el Evangelio que predicaba el apóstol Pablo: “Os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1 Corintios 15:1,2). Éste es el Evangelio que debe ser escuchado, comprendido, y creído si una persona ha de participar en la salvación de Dios. Un día, dos hombres palawano que eran maestros de su iglesia local me enviaron un mensaje, pidiéndome que fuera a bautizarles. Pensé que ya habían sido bautizados, ya que casi todo el mundo en ese lugar fue bautizado cuando primero profesaron creer. Un filipino que se estaba preparando para la obra misionera me acompañó al pueblo. También enviamos un mensaje a los ancianos dirigentes de otra iglesia más establecida, pidiéndoles que se reunieran con nosotros en la aldea donde vivían estos dos hombres. Mi compañero y yo decidimos no tocar el tema del bautismo sino enseñar sobre la salvación exclusivamente por gracia a través de la fe. Enseñamos durante dos días tanto públicamente como a nivel personal, recalcando en nuestra enseñanza la condición pecaminosa e impotente del hombre, el Evangelio, y la justificación solamente por fe. Los dos hombres que habían pedido ser bautizados asistieron a las reuniones públicas y también las charlas en grupo. Intencionalmente no hicimos referencia a su deseo de ser bautizados, porque no estábamos convencidos que tuvieran verdadera claridad sobre la salvación por la sola gracia. Si mediante la enseñanza se daban cuenta que no eran salvos, queríamos que pudieran decidir no bautizarse sin ninguna vergüenza. Si ellos planteaban el asunto de su bautizo, les haríamos preguntas, a fin de determinar en qué confiaban para su salvación. Al término de la reunión final, los hombres preguntaron públicamente si podían ser bautizados. Sabiendo el concepto errado que la mayoría de los palawano tenían del bautismo, les pregunté por qué deseaban ser bautizados. A pesar de toda la enseñanza que habíamos dado sobre la salvación aparte de las obras, uno de ellos respondió: “Para que pueda conocer verdaderamente a Dios”. Le pedí que abriera su Nuevo Testamento en Juan 14:6. “Ontoy”, le pregunté, “¿Dice tu Biblia, ‘El río es el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por el bautismo?’”. Él respondió: “No”. Le dije: “Ontoy, si mueres creyendo que el bautismo te va a llevar a Dios, irás al infierno. Dios no te aceptará”. Después de enseñar un poco más, regresamos a casa. Varios meses después, Ontoy caminó desde su pueblo a nuestra casa en busca de medicinas. En el vestíbulo de nuestra casa, le di la mano y, mirándole a los ojos, le pregunté: “Ontoy, ¿cómo está todo contigo? ¿Ya conoces la verdad?” Ontoy respondió: “Sí, ¡conozco al Señor!” Él continuó: “Hermano, cuando me dijiste que iba al infierno si confiaba en el bautismo, fue como si me hubieran enterrado un cuchillo en el hígado. Te amo, y me dolió que me hablaras de esa forma. Pero quiero agradecerte por decirme la verdad. Me hubiera muerto e ido al infierno. Ahora confío solamente en Cristo”. Estos dos hombres llegaron a tener una comprensión clara del Evangelio y confiaron en el Señor Jesús como Salvador. Sus testimonios fueron excelentes cuando posteriormente algunos de los ancianos de la iglesia palawana les bautizaron. La fe no es un sentimiento místico. No es tan solo esperanza a ciego azar. La fe no es un suicidio intelectual. No es contraria a la razón. La fe salvadora se basa en hechos bíblicos objetivos, históricos. La fe salvadora está bien fundamentada. La verdadera fe reposa en la segura Palabra de Dios. El Evangelio, por tanto, debe ser comprendido si ha de ser creído para la salvación del alma. Para que el pecador ejerza verdadera fe salvadora, el Espíritu Santo debe iluminarle a través de la Palabra de Dios. La salvación que Dios ofrece a los pecadores descansa en una sencilla comprensión y fe en la Palabra de Dios respecto de la muerte, sepultura y resurrección del Señor Jesús. Dios, en la persona de Cristo, intervino en la historia y actuó a nuestro favor. Él vivió, murió en lugar nuestro, y resucitó. Una persona ejerce fe cuando aparta su mirada de todo esfuerzo personal y mira la historia salvadora de Cristo y depende solamente de Él y de Su obra de salvación a favor del pecador.
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