Capítula 7

Capítulo 2

La revisión de los cimientos

La tribu palawano, que vive en la isla de Palawan en la región suroccidental de las Filipinas fue oprimida durante siglos.

Los fieros y orgullosos musulmanes que vivían en las islas pequeñas aledañas a la costa palawana oprimieron a esta tímida y temerosa gente selvática durante muchos años. Numerosos relatos, ahora parte del folclor palawano, narran las masacres y abusos que los “moros”, merodeadores marinos musulmanes, causaron a la gente de la tribu palawano.

También sufrían los palawano a manos de los colonos filipinos quienes migraron desde otras islas de las Filipinas. Llegaron buscando tierra para sus cultivos de arroz, plantaciones de coco, y madera de construcción de los bosques vírgenes para exportar. Muchos de estos colonos se aprovecharon de los nativos de Palawan. Notaron que esta gente de la selva, sencilla y sin educación, se intimidaba fácilmente. Por temor a estos nuevos pobladores agresivos, muchos palawanos abandonaron sus tierras ancestrales y las plantaciones de coco cercanas al mar para irse a las menos hospitalarias colinas y montañas de la isla.

Después, vino un tiempo de aun mayor tristeza y prueba. Su isla fue invadida por los japoneses. Ésta fue una época terrible en la historia de los palawano. Violaron a las mujeres, y a los niños los asesinaron brutalmente. Se robaron el ganado y lo mataron. El arroz, su alimento básico, a menudo escaseaba por la destrucción maliciosa y deliberada que los invasores hacían a los graneros palawano. El sufrimiento de esos años sobrepasó a todos los demás segmentos de su triste historia.

Pero al fin vino un alivio de sus temores y degradación. El ejército de los Estados Unidos liberó a Palawan. En todos mis años con los palawano sólo escuché alabanza y admiración por estos soldados, nunca una palabra de reproche. Mientras visitaba los hogares de la tribu, muchos ancianos palawano me preguntaron si conocía a algún oficial particular que les hubiera ofrecido amistad. Hablaban de ellos con gran afecto. Era evidente su deleite al recordar incidentes cuando los “amerikans” habían advertido a los nacionales filipinos que no trataran mal a los “hermanitos palawano” de los estadounidenses. Para los palawano fue un día triste cuando el ejército estadounidense se retiró de Palawan y su futuro se tornó incierto una vez más.

Los años pasaron, y entonces, en forma muy inesperada para los palawano, otro estadounidense llegó a esa parte de la isla. Era todavía más generoso que todos los demás norteamericanos que habían conocido antes. La malicia y el enojo son sumamente desaprobados en la sociedad palawana, por tanto aclamaron a este misionero que desplegó tanto amor y bondad. Mediante su ministerio y el de los misioneros que le siguieron, varios miles de palawano profesaron su conversión, fueron bautizados y se organizaron en iglesias autóctonas.

Cuando llegamos nosotros, años después, preguntamos a los palawano por qué se habían dejado bautizar tan rápidamente. Un hombre respondió: “Hubiéramos hecho cualquier cosa por ese primer misionero. Si él nos hubiera pedido que nos cortáramos los dedos, lo hubiéramos hecho con gusto”.

Siempre existe el peligro de que gente previamente explotada y rechazada responda al mensaje misionero cristiano, no porque vea su verdadera necesidad como pecadores y comprenda el Evangelio, sino por un genuino aprecio al misionero y un gran deseo de escapar de sus dificultades y degradadas condiciones sociológicas. Éste fue el motivo principal para que se diera este movimiento popular al cristianismo que tuvo lugar casi inmediatamente cuando predicaron los primeros misioneros de Nuevas Tribus a los palawano.

Confusión con respecto al Evangelio

Después de este gran movimiento popular al cristianismo, llegaron más misioneros a asistir la obra. Fielmente enseñaron los deberes cristianos a quienes habían profesado conversión. Sin que lo supieran los misioneros, la mayoría de los miembros palawano de la iglesia estaban interpretando las responsabilidades de los creyentes de la única forma que pudieron, como gente perdida. Pensaban que los deberes del creyente eran las cosas que debían hacer para seguir “en Dios”. Usaban el término “en Dios” para describir su conversión al cristianismo. Habían llegado “a Dios” por aceptar a Cristo por medio de la fe, y también por ser bautizados, asistir a la iglesia, cantar, orar, no robar y no cometer adulterio. Para los verdaderamente consagrados, la abstinencia del alcohol, de mambear la nuez betel, y de usar tabaco también se entendían como necesarias para mantener su posición “en Dios”.

Durante los cultos en las iglesias, a veces hablaban de Cristo y de Su muerte; pero con más frecuencia testificaban de su fidelidad al Señor por la abstinencia de obras pecaminosas y la asistencia a la iglesia. Era obvia la completa ausencia de la alabanza a Dios por Su salvación en Cristo, provista exclusivamente por Su favor inmerecido. Aunque se había enseñado la salvación por fe mediante la gracia, la mayoría no había entendido claramente. Ellos confiaban en una mezcla de gracia y obras.

A pesar del énfasis en la vida cristiana, muchos dejaron de vivir según los patrones bíblicos. El divorcio, el nuevo matrimonio y la borrachera eran la práctica normal de la vieja manera de vivir palawana y continuaban siendo los problemas principales de todas las iglesias. Los misioneros y los ancianos de las iglesias estaban muy preocupados por la condición de las mismas y exhortaban constantemente a la gente para que se apartaran de estos viejos caminos y siguieran el camino nuevo en Cristo. Los miembros desobedientes de las iglesias se arrepentían y funcionaban externamente como cristianos por un tiempo pero a menudo caían nuevamente en sus viejas costumbres hasta que una vez más eran desafiados y “reavivados”, para empezar todo el ciclo nuevamente.

Aunque había personas fieles, la iglesia palawana era como un edificio al cual le faltaban los cimientos apropiados. Grietas largas aparecían continuamente en las paredes. Los misioneros y líderes de la iglesia gastaban su tiempo corriendo de iglesia a iglesia, tratando de resanar los boquetes. Pero el problema fundamental radicaba en la ausencia de una comprensión básica fundamental por parte de la gente y en su aceptación del Evangelio.

Como no habían visto nunca su propia pecaminosidad personal y su incapacidad de agradar a Dios, no se habían dado cuenta de que su única esperanza era confiar en la provisión de Dios para todos los pecadores por medio de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Si ellos hubieran confiado únicamente en Él para ser aceptos a Dios, su fe hubiera producido una piedad genuina y obediencia a los mandamientos de la Escritura, no para obtener la salvación, sino como fruto de una verdadera fe salvadora.

Mi esposa y yo empezamos nuestro trabajo misionero con la Misión Nuevas Tribus en 1965 en las Filipinas. Trabajamos con la tribu palawana a lo largo de diez años. Mi responsabilidad era llevar a la madurez a los ancianos y las iglesias a través de la enseñanza continuada de las Escrituras.

La única manera en que yo podía alcanzar y enseñar a las más de cuarenta iglesias pequeñas dispersas entre las montañas y la selva, era viajar constantemente a pie por las trochas acompañado de los más celosos líderes de la iglesia. Mediante estas visitas a las iglesias palawanas, pronto se hizo evidente que la mayoría de los creyentes profesantes estaban confundidos e inciertos con respecto a los fundamentos básicos de la fe cristiana. Ellos estaban de acuerdo con la necesidad de la muerte de Cristo para la salvación del hombre; pero la muerte de Cristo, en el entendimiento de muchos, apenas aseguraba una parte de la salvación. Ellos pensaban que la obtención de la salvación se completaba por la obediencia a Dios.

La verdadera condición espiritual del pueblo se hizo evidente cuando empecé a cuestionarles con respecto a sus bases para la salvación. Primero les preguntaba: “¿Qué debe hacer una persona para ser salva?”.

A menudo eran renuentes para responder, pero después de animarles a contestar y hacer preguntas directas a los individuos, empezaban a responder. Algunos respondían: “Confiar en Dios”, y otros decían: “Creer en Cristo”.

Ante estas respuestas, yo preguntaba: “¿Qué pasa si una persona de veras cree y pone su fe en Cristo como su Salvador, pero no asiste a la iglesia? ¿Podría en realidad ser salva?”.

Muchos respondían enfáticamente: “¡No!”.

Otros decían: “Sí, si una persona cree verdaderamente, es salva, aunque no asista a la iglesia”.

Pero”, añadía yo: “¿Qué si esa persona no es bautizada?”.

Sólo unos pocos estaban persuadidos de que alguien pudiera ser salvo sin bautismo.

Entonces yo añadía lo que a muchos les parecía el punto decisivo: “Pero, ¿qué si esa persona que verdaderamente confía en Cristo se emborracha o comete adulterio? ¿Podría de veras ser salva?”. Sólo unos pocos en cada congregación creían que tal persona podría ser salva, e incluso ellos tenían graves dudas.

Además de hacerles preguntas, encontré otro método que era eficaz para determinar qué creían los ancianos de la iglesia y maestros bíblicos palawano. Primero les enseñaba la verdad y después contradecía la verdad enseñando el error. En la cultura palawana, sería mala educación contradecir a un maestro, porque esto podría ocasionar que él quedara mal ante los demás y se avergonzara. Esto, a la vez, le avergonzaría a la persona que le había contradicho. A pesar de esto, era necesario enseñarles a estos líderes de la iglesia a tomar partido por la Palabra de Dios, sin importar la incomodidad cultural causada por confrontar a un maestro con la verdad. Las sectas falsas estaban aumentando en la isla, y estos líderes de la iglesia palawana debían encarar los esfuerzos de los falsos maestros por llevarlos a ellos y a sus congregaciones al error. Era necesario asegurarme de que estos maestros bíblicos realmente comprendieran el Evangelio, de que ellos personalmente estuvieran confiando solamente en Cristo, y que pudieran permanecer firmes contra falsos maestros. Por supuesto, sólo usé este método después de meses de enseñar a estos hombres, pues no hubiera sido efectivo si se hubiera empleado al comienzo de mi ministerio con el liderazgo palawano. Hubieran asentido verbalmente a mis palabras a pesar de lo que en verdad creyeran en sus corazones.

Aproximadamente cien ancianos y maestros palawano se reunieron en una ocasión para nuestra conferencia mensual. Yo había enseñado durante muchas horas de las Escrituras sobre la salvación por gracia exclusivamente mediante la fe. Después, sin advertencia ni explicación, empecé a enseñar fe más obras como el camino de salvación. Abruptamente, señalé a uno de los hombres y le pregunté: “¿Es correcto lo que acabo de decir? ¿Es cierto que los pecadores son salvos, no solamente por fe, sino por sus buenas obras?”.

El maestro tribal titubeó y después respondió finalmente: “No, no es cierto. Somos salvos solamente por la fe”.

Fingiendo sorpresa, le cuestioné: “¿Quieres decir que yo, el misionero, estoy equivocado?”.

Vacilando dijo: “Sí, está equivocado”.

Todavía sin darles ningún indicio de mis verdaderos pensamientos, me volví a otro hombre y dije: “Él dice que lo que yo dije es erróneo, ¿estás de acuerdo?”.

Él respondió: “Lo que usted dijo es incorrecto”.

Entonces le pregunté: “¿Hace cuánto eres cristiano?”. Su respuesta indicó que él era un cristiano mucho más joven que yo. “¡Ah!”, dije. “Yo he sido cristiano por muchos años. También estudié la Biblia en un instituto bíblico. ¿Todavía piensas que puedo estar equivocado?”.

De nuevo, él respondió que yo estaba equivocado.

Aún así, no mostré acuerdo ni desacuerdo sino que me volteé a un tercero y le pregunté qué pensaba. Para mi sorpresa, dijo: “¡Usted tiene la razón!”.

Pensando que no me había entendido, le repetí lo que yo había dicho antes, que no somos salvos solamente por fe sino también por nuestras buenas obras.

Una vez más, él dijo que mis afirmaciones eran correctas.

Entonces le pedí, según mi proceder usual, que diera pruebas escriturales de esta afirmación. Para mi sorpresa aun mayor, señaló Efesios 2:8,9. Con la esperanza de que comprendiera su error al leer estos versículos, le pedí que los leyera a todos los presentes. Así lo hizo y concluyó diciendo: “Ahí está. Somos salvos, no solamente por fe, sino también por nuestras buenas obras”.

Muchos de los hombres que escuchaban sonreían ahora, y pedí la sabiduría del Señor para saber qué decirle sin avergonzarle.

Por tanto le pedí a Perfecto, porque así se llamaba, que leyera una vez más Efesios 2:8,9. Lo hizo pero todavía sostenía que estos versículos enseñaban salvación mediante la fe más las buenas obras. Supe que simplemente con decirle que estaba equivocado no establecería la verdad en su mente. Era importante que él viera por sí mismo lo que estos versículos enseñaban en realidad.

Le dije a Perfecto: “No parece que esos versículos digan lo que tú dices. Léelos una vez más, muy lentamente, en silencio, para que entiendas lo que de veras significan”.

Mientras esperábamos, Perfecto leyó los versículos lentamente. Finalmente me miró con una gran sorpresa y dijo: “¡No! ¡Estoy equivocado! No somos salvos por obras y fe, sino solamente por fe por medio de la gracia de Dios”.

La situación palawana que he descrito no es única. Hay multitudes alrededor del mundo que son miembros de iglesias evangélicas pero que no tienen firmes cimientos bíblicos sobre los cuales edificar su esperanza de vida eterna. Se podrían dar ilustraciones de muchas áreas del mundo, incluyendo nuestras propias iglesias locales, donde la confusión y el sincretismo han ocurrido a través del sincero, pero descuidado o imprudente ministerio de los obreros cristianos.

Desde Suramérica, David Brown escribió acerca de las iglesias entre los guahibo en Colombia:

  • Los guahibo han sido objeto de la actividad misionera a través de muchos años. Ya en 1650, los jesuitas hicieron viajes misioneros a este territorio que cubre casi todos los Llanos Orientales de Colombia. Ellos estaban particularmente interesados en la etnia guahiba, pues era la más grande en esta área (hoy son unos 15.000). Cuando los jesuitas entraron al área, los guahibos eran todavía nómadas; pero con el paso del tiempo, se han establecido en pequeñas aldeas permanentes. En 1958 comenzó a conocerse una nueva religión llamada “El camino evangélico” en esta zona. Esto atrajo inmediatamente la atención general; y en poco tiempo, con la llegada de más información, muchos empezaron a aceptar este nuevo estilo de vida. Hoy, casi treinta años después, la influencia del mundo exterior ha marcado a este pueblo. A lo largo de la región se pueden hallar capillas con techo de paja al estilo nativo en donde se celebran servicios religiosos con regularidad.
  • En cada localidad se lleva a cabo una conferencia evangélica semestral. A la primera que visité asistieron 700 indígenas, algunos de los cuales venían a pie de lugares distantes a tres días de camino. Éramos los primeros misioneros blancos en visitar el área; y sin embargo, aquí había 700 personas reunidas para cantar y predicar entre sí. ¿Había en realidad necesidad alguna de nosotros como misioneros? ¿No era ésta la iglesia neotestamentaria en acción? Sólo nos mantenía la seguridad de que Dios nos había llevado allí.
  • Con el paso del tiempo han salido a flote serios problemas en la iglesia guahiba. Estamos encontrando que desde un comienzo, ellos nunca comprendieron el mensaje. Aun aquellos que parecen ser los más celosos están confundidos en cuanto a los fundamentos de la salvación. Contestan las preguntas con respuestas de catecismo, pero no comprenden la obra sustitutoria de Cristo. Tienen la “apariencia de piedad, pero niegan la eficacia de ella”(2 Timoteo 3:5). Y así, nos hemos visto obligados a examinar los errores y fallas del pasado y tratar de determinar dónde estamos ahora, y a buscar la dirección de Dios para el futuro”.
  • No es difícil comprender y aceptar que la gente pueda creer en fe más obras para salvación en lugares donde no se ha enseñado bien el Evangelio. Pero ¿cómo es posible que los asistentes y miembros de iglesias buenas, a quienes se les ha enseñado el Evangelio, todavía no entiendan que la salvación es exclusivamente por la gracia de Dios? ¿Cuál es la respuesta? ¿Nos está haciendo falta algo en nuestra predicación?
  • Los pastores deben conocer a su rebaño

    Si bien es cierto que se puede comprender y rechazar el Evangelio, hay otras razones por las cuales la gente puede continuar en iglesias evangélicas sin ser verdaderamente salva. Una de ellas es que muchos pastores, líderes de jóvenes, misioneros, y otros obreros cristianos no revisan los cimientos espirituales de aquellos a quienes enseñan. O, aun cuando los obreros cristianos hagan el esfuerzo de saber lo que la gente en realidad entiende y en qué confía para su salvación, son renuentes a confrontar a la gente con su verdadera condición delante de Dios.

    Fue solamente a través del cuestionamiento persistente que descubrí que algunos de los ancianos de la iglesia palawana y muchos miembros eran ignorantes de verdades bíblicas básicas y habían entendido mal el camino de la salvación. La mayoría de las personas habían estado confiando en un mensaje falso por más de diez años, pero los misioneros que les habían enseñado no fueron conscientes del malentendido en las mentes de la gente. Ciertamente debemos ser prudentes al investigar; pero muchos maestros cristianos tienen tanto cuidado de no ofender, que rara vez, si acaso, descubren la verdad acerca de sus congregaciones.

    Algunos maestros cristianos piensan que conocer la condición espiritual de una persona no es responsabilidad suya, porque creen que es un asunto privado entre entre el Señor y la persona. Pero el Señor ha dado a Su pueblo no solamente la responsabilidad de predicar el Evangelio a los perdidos, sino también la de ser pastores de la grey de Dios. ¿Cómo podremos proteger, fortalecer y alimentar a la grey de Dios si ni siquiera sabemos quiénes son las ovejas y quiénes las cabras?

    Reconozco abiertamente, como alguien que es misionero y maestro bíblico y ha servido como pastor, que es mucho más cómodo enseñar desde el púlpito que enfrentar a la gente a nivel individual con el fin de conocer y suplir sus necesidades reales. No obstante, si vamos a tener un ministerio eficaz y seguir los pasos del Pastor de pastores, debemos tener un contacto persona a persona con la grey.

    Los evangelios contienen muchos relatos de contactos personales de nuestro Señor Jesús y de Su ministerio con individuos. Tres de los encuentros más conocidos fueron con Nicodemo (Juan 3:1-12), la samaritana (Juan 4:1-26) y el joven rico (Mateo 19:16-22). En cada uno de estos encuentros, Jesús hizo clara la verdadera condición espiritual de cada uno, y aplicó el remedio espiritual correcto de la Palabra de Dios. El contacto personal y la exhortación fueron también parte del ministerio del apóstol Pablo (Hechos 20:20,31; Colosenses 1:28).

    En todos los campos misioneros que he visitado, he hallado una gran renuencia de parte de los misioneros a encargarse seriamente de la importante tarea de conocer la verdadera condición espiritual de cada persona bajo su cuidado. Pero, es necio instruir a la gente en el andar cristiano, basándonos en la mera esperanza de que hayan nacido de nuevo. Si dejamos que simples profesantes actúen como hijos de Dios, aunque no tengan una fe genuina en Cristo, eso resultará en su condenación eterna. Éste fue el caso en las iglesias palawanas. La gran mayoría de los profesantes palawano no comprendían el Evangelio. Se les había instruido para que vivieran como cristianos, pero muchos no eran hijos de Dios. Si no se les hubiera advertido del grave peligro, se hubieran ido en esta condición a la perdición eterna.

    Un domingo por la mañana, después de haber enseñado la Palabra de Dios en una iglesia evangélica de Sydney, Australia, un hombre de edad me dijo: “Estoy en un grave problema. Necesito hablar con usted”. Por no conocerle personalmente, no comprendí a qué tipo de problema se refería. El día siguiente, le visité en su casa. Cuando hablé con él, me dijo: “Su predicación me ha perturbado. He sido miembro de la iglesia durante cuarenta años, pero no conozco al Salvador”. Después supe que, aunque otros miembros de la iglesia dudaban de que fuera salvo, nunca se habían preocupado por preguntarle qué creía. La mayoría suponía que él era hijo de Dios. ¡Qué triste hubiera sido que él no hubiera enfrentado finalmente su verdadera condición ante Dios!

    Un anciano palawano que había asistido a las reuniones durante varios meses vino a visitarnos desde su chocita en la montaña. Mientras hablábamos le pregunté: “Abuelo, ¿en qué está confiando usted para que Dios le acepte? ¿Cuál es su esperanza?”.

    Él contestó: “Nieto, ¿no he venido a las reuniones? Cuando oras, yo cierro mis ojos. Trato de orar. No sé leer, pero procuro cantar”. Y en verdad lo hacía. Solía sentarse a mis pies y mirar mi rostro mientras yo enseñaba la Palabra de Dios. Él trataba de hacer todo como yo. Pero el anciano no había comprendido el Evangelio. Pensaba que las cosas hechas en la reunión eran una ceremonia o ritual para agradar a Dios, a fin de ser aceptado por Él.

    Le dije: “Abuelo, si ésa es tu esperanza, si estás confiando en lo que estás haciendo, entonces Dios no te aceptará. Cuando mueras, irás al infierno. Dios no te recibirá por estas cosas”. Continuamos hablando de estos asuntos antes de que él regresara a casa. Después algunas personas vinieron a decirme que el abuelo estaba enojado y que no iba a volver a ninguna reunión más.

    Pensé: “Bien. Es un buen comienzo. Ahora, por lo menos, sabe que no se va a salvar por asistir a las reuniones”.

    Empecé a visitar al abuelo para enseñarle personalmente las verdades fundamentales del Evangelio. Él escuchó con atención, y finalmente empezó a asistir a las reuniones de nuevo. Pero aun cuando mi esposa y yo nos trasladamos de ese sitio para vivir y enseñar en otro lugar donde no había ningún testimonio del Evangelio, él todavía no había hecho una profesión clara de fe en Cristo.

    Algún tiempo después, regresamos a visitar a la iglesia del área donde vivía el anciano. Al bajarme de la avioneta de la misión, pregunté a la gente de la tribu que había llegado a la pista para darnos la bienvenida: “¿Todavía vive el abuelo?”.

    Me dijeron: “Sí. Pero está ciego y cojo”.

    Inmediatamente me dirigí a su vieja chocita desvencijada y me senté junto a él. Estaba contento de que yo hubiera llegado. Después de un breve tiempo de visita, le dije: “Abuelo, vas a dejar este mundo muy pronto. ¿Cuál es tu esperanza? ¿En qué estás confiando para ser acepto a Dios?”.

    Él respondió: “Nieto, escúcheme bien. Cuando yo esté delante de Dios no voy a decirle que no soy pecador. Él sabe que lo soy”.

    Pensé: “Pues, ¡Gloria a Dios! Al menos eso ha aprendido de Dios”.

    Continuó: “Voy a decirle lo siguiente a Dios: 'Dios, ¿ves a tu Hijo ahí a tu diestra? ¡Él murió por mí!’”. Entonces, volviéndose a mí, me preguntó: “Nieto, ¿no me aceptará Dios por lo que ha hecho Él?”.

    Respondí: “¡Seguro que sí, abuelo!”.

    Las culturas y los pueblos varían. No todas las culturas responden a las preguntas, por persistentes que seamos. No obstante, es importante descubrir qué entienden y qué creen. Si hay una manera cultural más apropiada de conseguir esta información, debe emplearse. Pero, no importa cuál sea nuestro método, debemos descubrir la verdadera condición espiritual de la gente, porque sólo entonces conoceremos la correcta medicina espiritual que necesita de la Palabra de Dios.

    ¿Qué es el Evangelio?

    Otra razón por la cual algunas personas siguen sin ser salvas en iglesias evangélicas es la forma en que se presenta el Evangelio. Muchos cristianos consagrados presentan el Evangelio de una manera tal que la gente no salva y no preparada no comprende que merece solamente el juicio de Dios, que la salvación es completamente obra de Dios, y que los pecadores no pueden contribuir con nada a su propia salvación.

    Romanos 1:3 nos dice que el Evangelio es la buena nueva de Dios en cuanto a Su Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Es la seguridad de Dios “que Cristo murió por nuestros pecados; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3,4).

    El Evangelio tiene que ver primera y preponderantemente con Cristo. Es el mensaje de la obra histórica completada de Dios en Cristo. El Evangelio es obra exclusiva de la Deidad. Cristo fue “herido de Dios (…) Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento”. El Señor puso “su vida en expiación por el pecado” (Isaías 53:4,10).

    Muchos confunden el Evangelio, la obra de Dios POR nosotros en Cristo, con la santificación progresiva, la obra de Dios EN nosotros por el Espíritu Santo. El Evangelio es totalmente objetivo. El Evangelio es completamente aparte de nosotros. El Evangelio no se trata del cambio que es necesario en nosotros, ni se cumple en nosotros. Se completó en Cristo, sin ninguna participación nuestra, hace casi dos mil años. El Evangelio no depende del hombre de ninguna forma. El Evangelio es distorsionado cuando hacemos que la gente dirija su mirada a lo que debe realizarse en ellos. No estuvimos, ni podemos estar involucrados en ninguna parte de la obra histórica, consumada, y redentora de Cristo. Hay que enseñar al pecador a mirar completamente más allá de sí mismo y a confiar exclusivamente en Cristo y Su obra de salvación.

    La siguiente es una parte de un artículo escrito por misioneros que son verdaderamente salvos y muy sinceros, pero que presentaron el Evangelio incorrectamente. En este artículo, narran una conversación que tuvieron con un indígena. Escribieron: “Cada miércoles por la noche, visitamos a los padres de Biaz. Leemos una porción del Génesis, hablamos de ella, y hacemos preguntas. Una noche, Biaz dijo: ‘El mal que hay en mí me tiene muy asustado, y no quiero que Dios me eche al fuego’”.

    Esta declaración revela claramente que Biaz era un alma preparada para el Evangelio. Reconocía su pecado personal y temía al juicio de Dios. Pero, ¿qué respondieron los misioneros? Ellos le dijeron a Biaz: “Si pides a Jesús que eche de ti el mal que hay en tu hígado y que te dé Su Espíritu, entonces pertenecerás a Él y no tendrás que temer más, e irás a Él”. En vez de comunicarle a Biaz el mensaje histórico y objetivo del Evangelio como la provisión completa de Dios para su pecado y el juicio venidero, dirigieron la atención de Biaz a lo que hacía falta realizarse en su interior. Lo que le enseñaron a Biaz no era el Evangelio.

    Terminología no escritural

    Confundimos y distorsionamos el Evangelio en el entendimiento de la gente cuando tratamos de presentar el Evangelio haciendo uso de terminología que dirige la atención de la gente a lo que ellos deben hacer en lugar de hacerles ver lo que Dios ha hecho por ellos en Cristo. Debemos emplear terminología que dirija a los pecadores arrepentidos a confiar en lo que ha sido hecho por ellos por medio de Cristo, en vez de dirigir su atención a lo que debe hacerse en ellos. “Acepta a Jesús en tu corazón”. “Entrega tu vida a Jesús”. “Abre la puerta de tu corazón al Señor”. “Pide a Jesús que te limpie de tus pecados”. “Haz tu decisión por Cristo”. “Pídele a Jesús que te dé vida eterna”. “Pídele a Dios que te salve”. Estas frases modernas de uso común confunden la comprensión del Evangelio en la gente.

    Al preparar a la gente para el Evangelio, debemos llevarles al punto donde se den cuenta de que no pueden hacer nada. Pero aun cuando entienden su incapacidad de hacer algo por salvarse, muchos evangelistas, misioneros y predicadores dicen cosas tales como: “Ahora, usted debe entregar su corazón a Cristo”. Después de decirles que no pueden hacer nada, les dicen qué deben hacer. ¿El resultado? ¡Confusión en cuanto al Evangelio! El interés de las personas y su preocupación se dirigen a su propia experiencia interior, en vez de dirigirse exteriormente a confiar solamente en la muerte, sepultura y resurrección de Cristo a su favor.

    Los métodos y la terminología empleados en la evangelización en todo el mundo, han distorsionado tanto el Evangelio, que es necesario enseñar a los cristianos nuevamente los fundamentos básicos de la obra salvadora de Dios en Cristo, para que su presentación del Evangelio sea conforme a la Palabra de Dios. Aunque muchas personas han sido salvas con los actuales métodos evangelísticos, muchas otras no han entendido claramente el Evangelio. El mensaje que oyeron hizo tanto énfasis en la parte del hombre en la conversión, que la obra perfecta y terminada de Dios y la completa provisión en Cristo para los pecadores impotentes no fue comprendida ni creída.

    Si la atención de la gente se dirige hacia adentro, a sus propias obras, incluso quienes son verdaderamente salvos a menudo carecerán de seguridad de salvación. Surgirán constantemente dentro de sus corazones las preguntas: ¿Fui sincero? ¿Lo hice bien? ¿Recibí a Cristo de verdad? ¿De veras entregué mi corazón a Cristo?

    He enseñado a estudiantes de la Biblia que estaban preocupados y confundidos con estos temas. Un día, vino a mí una alumna profundamente preocupada. Habló conmigo de su conversión. Estaba inquieta: “¿Hice esto de la manera correcta? ¿Fui sincera en realidad? ¿De veras acepté a Jesús en mi corazón?”. Estas preguntas la atormentaban. Ella había decidido finalmente que, por si acaso no “lo había hecho correctamente”, verificaría conmigo lo que debía hacer.

    En su conversión, ella se había dado cuenta de que no podía hacer nada para salvarse a sí misma. Pero el evangelista le dijo que debía pedir a Jesús que entrara a su corazón y que debía entregar su vida a Cristo. Desde ese momento en adelante, le preocupaba constantemente si había hecho o no todo lo que debía. Cuando hablé con ella, le expliqué que no se trataba de si ella “lo había hecho correctamente” sino de si lo había hecho todo correctamente el Señor Jesucristo a su favor. ¿Satisfizo Él a Dios? Si así era, ¿estaba ella confiando, no en su propia obra, sino en la obra completada de Cristo a su favor?

    El Evangelio no es que el hombre acepte a Jesús como su Salvador, sino que Dios aceptó al Señor Jesús como el perfecto y único Salvador hace dos mil años. El Evangelio no es que el hombre entregue su corazón o su vida a Jesús, sino que Cristo dio Su vida, todo Su ser, por los pecadores. El Evangelio no es que el hombre reciba a Cristo en su corazón, sino que Dios recibió al Señor Jesús en el cielo como el Mediador para los pecadores. El Evangelio no es que Cristo ocupe el trono del corazón humano, sino que Dios entronizó a Su diestra al Señor Jesús en el cielo.

    ¿Comprende usted la gran diferencia entre estos dos mensajes? Uno es subjetivo y hace énfasis en lo que debe hacer el hombre. El otro es objetivo y hace énfasis en lo que ya ha hecho Cristo. El pecador solamente ha de confiar en lo que ya ha sido hecho a su favor. El Señor Jesús clamó: “Consumado es”. Él lo hizo todo. Llevó sobre Sí la carga del pecado, toda la responsabilidad del pecado de la humanidad. Dios resucitó a Cristo de los muertos y le aceptó en el cielo porque había cancelado toda la deuda. La resurrección fue la señal de Dios a toda la humanidad de que había aceptado al Señor Jesucristo para siempre como el Salvador perfecto. Dios está satisfecho. ¿Lo está el pecador convicto? ¿Hará reposar toda la carga de la salvación de su alma sobre la aceptación de Cristo por Dios como el Salvador perfecto? ¿Dejará el pecador de tratar de salvarse a sí mismo, de una vez por todas y para siempre? ¿Confiará solamente en el Hijo de Dios para salvación?

    Hay quienes llaman a este tipo de presentación del Evangelio “la fe fácil”. Opinan que en la presentación del Evangelio, es necesario exigir que los pecadores tomen la cruz y sigan a Jesús, coronándole como Señor de sus vidas. Algunos predicadores creen que, al insistir en esto, evitan que la gente haga falsas profesiones. El remedio contra las falsas profesiones, sin embargo, no es añadir al Evangelio exigiendo al pecador que prometa seguir, obedecer y sufrir por Cristo. El Evangelio no tiene condiciones. La verdadera conversión no se consigue por medio de estas adiciones, sino por la preparación adecuada de la mente y corazón del pecador para el Evangelio. Esto lo hace el Espíritu Santo a medida que el pecador escucha las Escrituras y comprende que está perdido, impotente y sin esperanza, y condenado ante Dios, quien es su Creador justo y santo, y su Juez.

    Dependencia de las acciones observables externas

    Hay aún otro resultado grave de esta confusión respecto de la presentación del Evangelio. Multitudes de personas, cuya salvación es dudosa, se aseguran a sí mismas que Dios los acepta porque en alguna ocasión de su vida hicieron lo que les mandó hacer un predicador. Hicieron su decisión. Pasaron al frente e hicieron lo que se les indicó. A pesar de que sus vidas no han sido cambiadas por el poder de Cristo y su estilo de vida revela un espíritu inconverso, se refugian en lo que hicieron. Confían en lo que hicieron ellos en vez de confiar en lo que hizo Cristo. Multitudes de meros profesantes creen que Dios les acepta porque pasaron adelante como respuesta al llamado del evangelista. Como mucha predicación evangelística es subjetiva y orientada a la experiencia personal, la atención de los oyentes se centra en ellos mismos y en su respuesta personal a la predicación. Los cristianos dan informes emocionales de la conversión de niñitos, adolescentes, y adultos, suponiendo que ellos han comprendido el Evangelio y son verdaderamente salvos, simplemente porque han tomado la acción observable de hacer una “decisión por Cristo”.

    En la mayoría de los círculos evangélicos, se acostumbra requerir que la gente indique públicamente su decisión por Cristo levantando su mano, poniéndose de pie, o caminando al frente del salón, y haciendo una oración para aceptar a Cristo. La mayoría de los predicadores del Evangelio y cristianos hacen tanto énfasis en la “invitación” y en la respuesta exterior, que muchos cristianos ahora están convencidos de que ésta es una parte integral y vital del ministerio de la iglesia. En una ocasión cuando un pariente mío predicó claramente el Evangelio sin hacer un llamado al terminar el sermón, una dama cristiana expresó su desaprobación al salir de la reunión con la frase: “¡Ni siquiera dio a la gente la oportunidad de salvarse!”. No tiene nada de malo que se le dé a la gente la oportunidad de expresar públicamente su fe en Cristo. El peligro está en el énfasis antes y después de la “invitación” que hace que la gente base su salvación en sus propias acciones personales como respuesta a Dios, en vez de basarse en las acciones de Cristo proclamadas en el Evangelio.

    Al referirme a este tema durante un seminario con misioneros en las Filipinas, afirmé que yo nunca había “llevado” a ninguno de los creyentes palawano al Señor, y expliqué cuidadosamente lo que quería decir. Yo no le había pedido a los palawano que oraran para “aceptar a Cristo” en mi presencia, ni les dije que necesitaban hacer una oración de aceptación para ser salvos. Simplemente les prediqué el Evangelio y después les exhorté a poner su fe completamente en Cristo y el Evangelio. Dónde, cómo, y qué hicieran en el momento de su conversión no era lo importante.

    Una misionera en el seminario estuvo en firme desacuerdo con mi afirmación de que: “Uno no necesita orar para ser salvo”. Cuando objetó, respondí: “Entonces yo he extraviado a muchos. Les enseñé a los palawano que si sencillamente creían el Evangelio y confiaban en Cristo, serían salvos. Pero no les dije que debían orar. Según lo que usted dice, debo ahora preguntar a los creyentes si oraron cuando creyeron. Si no lo hicieron, debo advertirles que a menos que lo hagan estarán perdidos”.

    Algunas personas usan Romanos 10:9,10 para sustentar que una persona debe hacer una aceptación verbal si ha de ser salva. Pero esto entonces significaría que los mudos o los moribundos, quienes no pueden hablar, no podrían ser salvos. Además, significaría que a menos que una persona estuviera ante otra persona a quien pudiera confesar “con [su] boca que Jesús es Señor” no podría nacer de nuevo. La primera parte de Marcos 16:16 dice: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”. ¿Significa esto que el bautismo es necesario para que alguien sea salvo? ¡Claro que no! Esta porción debe interpretarse a la luz del resto del versículo: “mas el que no creyere, será condenado”. Todas estas Escrituras deben interpretarse a la luz del inequívoco énfasis de toda la Biblia – que la salvación en Cristo se recibe solamente por fe y no depende de ninguna acción humana.

    En una oportunidad, conversaba con otro misionero y él me dijo cómo, hacía muchos años, había llegado a tener seguridad de salvación. Ocurrió inesperadamente al terminar una reunión cuando el predicador pidió a todos los salvos que levantaran la mano. Dado que, en ese momento, no sabía si era verdaderamente salvo, trató desesperadamente de mantener abajo su mano, pero fue forzado a levantarla por un poder exterior a él mismo. Me contó que por esta experiencia nunca volvió a dudar de su salvación. En otra ocasión, una cristiana me dijo que recibió seguridad de salvación a través de una experiencia insólita. Fue atacada por un pájaro bravo y salvaje, pero ella lo miró a los ojos y le dijo: “No puedes tocarme porque soy hija de Dios”. Como el pájaro no la picó, ella se sintió segura desde ese instante de pertenecer en realidad a la familia de Dios.

    Las experiencias, no importa cuán vívidas y sobrecogedoras sean, nunca deben ser la base para creer que uno es salvo. La Palabra de Dios debe ser el único fundamento de la seguridad de salvación. Juan dice de su Evangelio: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”(Juan 20:31). Cada cristiano es responsable de asegurar que su predicación y sus métodos evangelísticos enfoquen a Cristo y Su muerte, sepultura y resurrección como el único cimiento firme de la seguridad de la salvación de sus oyentes. Así como el ojo físico no se contempla a sí mismo sino que ve solamente el objeto que enfoca, así la fe verdadera mira solamente a Cristo. Nunca debemos aceptar ningún acto exterior de una persona que profesa ser convertido como la base para aceptarle como persona nacida de nuevo. La única base escritural para recibir la declaración de la persona que dice ser salva es su comprensión de las verdades fundamentales del Evangelio y su fe en ellas.

    En Palawan, una anciana dama palawana, casi sin dientes y muy arrugada, que había estado sentada por más de una hora en el vestíbulo de nuestra casa, finalmente nos reveló el motivo de su visita. Sonriendo, dijo: “Nieto, estoy confiando en Jesús”.

    Aun antes de que ella hablara, era evidente que tenía algo de importancia que decirme porque había esperado pacientemente a que se hubieran ido todos los demás visitantes. Aunque yo había imaginado que sus noticias se relacionaban con su fe en Cristo, eso no disminuyó mi emoción y gozo cuando ella declaró su dependencia del Salvador. Mi reacción natural fue acercarme y abrazarla, pero la cultura y el decoro palawanos, así como el temor de que tal acto confirmara una fe sincera pero infundada, me frenaron. Aceptar inmediatamente su testimonio, sin una cuidadosa investigación, no hubiera sido prudente. Ella podía estar siguiendo a los otros miembros de su familia que habían venido ya en los días anteriores a expresar su dependencia de Cristo y Su obra redentora. Por amor a ella y a la inmadura iglesia de esa región de Palawan, me vi obligado a hacer todo lo que pudiera para asegurar que su fe reposara en los cimientos de las Escrituras que yo me había esforzado por establecer.

    Abuela”, le respondí, “me da gran gozo escuchar que estás confiando en el Señor Jesús como tu Salvador. Pero ¿por qué confiaste en Él? ¿Por qué necesitas al Señor Jesús?”.

    Soy pecadora”, fue su respuesta inmediata.

    Pero abuela, ¿por qué dices eso? Amas a tu familia. Eres buena y trabajas duro”.

    Sí, pero ante Dios soy pecadora”, insistió.

    Pero abuela, aunque seas pecadora, ¿por qué necesitas al Señor Jesús? ¿Por qué confiaste en Él? ¿Qué ha hecho Él por ti?”.

    Ah, nieto, Él fue quien murió por mí. Él murió por mis pecados”.

    Lágrimas de gozo llenaban mis ojos cuando respondí: “Abuela, estoy tan contento de escuchar lo que has dicho, porque la Palabra de Dios dice que todos los que confían solamente en el Señor Jesús como su Salvador, creyendo que Él murió por ellos y después resucitó, tienen todos sus pecados perdonados por Dios y nunca irán al infierno. Tienen vida eterna y serán recibidos por Dios en el cielo”.

    Cuán diferente fue el testimonio de esta primitiva mujer tribal analfabeta comparado con el de la tía de mi esposa, quien pasó al frente en respuesta a un “llamado” evangelístico en una campaña en Australia. Nos emocionó pensar que ella pudiera ser el primero de los familiares de Fran, fuera de su familia inmediata, que se convirtiera. Así que Fran fue a hacerle la visita y le preguntó acerca de su profesión de fe. Pronto se hizo evidente que su tía estaba impresionada por sus propios sentimientos personales y su gran experiencia emocional, no por el hecho histórico de lo que había realizado Cristo a su favor. Con el empeño de descubrir las bases verdaderas de la seguridad de su tía, Fran le preguntó: “Tía, ¿por qué pasaste al frente cuando el predicador dio la invitación? ¿Fue porque te diste cuenta de que eres pecadora?”.

    ¿Pecadora? ¡Yo no soy ninguna pecadora!” exclamó ella.

    A pesar de su falta de comprensión, de siquiera las verdades más básicas de las Escrituras, los cristianos la habían aceptado como salva simplemente porque ella había respondido a la “invitación”.

    Por más cuidado que tengamos al interrogar a quienes profesan ser convertidos, habrá quienes parecerán ser cristianos, pero que con el tiempo se alejarán, así como nos enseña la parábola del sembrador. Este peligro debe motivarnos a poner aún más empeño en mantener la pureza, simplicidad y objetividad del mensaje del Evangelio, para que la gente confíe en la justicia de la obra de Cristo, y no en la suya.

    Capítulo 3

     

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